jueves, 14 de mayo de 2009

INICIACIÓN (III)

INICIACIÓN (III)

“En medio de esta solemnidad, de esta dicha, de este encanto, no se había notado que el sol brillaba ya plenamente y, de pronto, a través de la puerta abierta, varios objetos inesperados llamaron la atención de los que estaban allí. Una plaza grande y rodeada de columnas hacía de atrio, y en su extremo se veía un largo y magnífico puente que tendía sus muchos arcos sobre el río: tenía a ambos lados cómodas y suntuosas arcadas para los caminantes, que de a miles ya se encontraban allí, e iban y volvían atareados. El gran camino que había en el medio estaba animado por rebaños, mulas, jinetes y coches que por los dos lados, sin obstaculizarse mutuamente, iban y venían como torrentes. Todos parecían asombrados por la comodidad y suntuosidad; y el nuevo rey y su esposa estaban tan encantados por el movimiento y la vida de este gran pueblo, cuanto el mutuo amor los hacía felices.
‘¡Acuérdate con veneración de la serpiente!’ dijo el hombre de la lámpara; ‘tú le debes la vida, tus pueblos le deben el puente por medio del cual estas orillas vecinas se llenan de animación hasta convertirse en países y se unen. Esas piedras preciosas que flotan y brillan, los restos de su cuerpo sacrificado, son los pilares de este magnífico puente, sobre ellos se ha edificado a sí mismo y se ha de mantener a sí mismo.’
Quisieron exigirle que aclarara este maravilloso misterio, cuando entraron por la puerta del templo cuatro bellas muchachas. Por el arpa, la sombrilla y la silla plegadiza se reconoció inmediatamente a las acompañantes de azucena, pero la cuarta, más bella que las otras tres, era una desconocida que, bromeando fraternalmente con ellas, recorrió de prisa el templo y subió por las gradas de plata.
‘¿En lo futuro me creerás más, querida mujer?’ dijo a la belleza el hombre de la lámpara. ‘¡Dichosa tú y toda criatura que esta mañana se bañe en el río!’
La vieja rejuvenecida y embellecida, de cuyas anteriores formas corporales no habían quedado ni huellas, abrazó al hombre de la lámpara con brazos amistosos y juveniles, que recibió amistosamente sus caricias. ‘Si soy para ti demasiado viejo,’ dijo sonriendo, ‘puedes elegirte hoy otro esposo; a partir de hoy no es válido ningún matrimonio que no sea celebrado de nuevo.’
‘¿Pero no sabes,’ replicó ella, ‘que también tú te has vuelto más joven?’ –‘Me alegro de aparecer ante tus jóvenes ojos como un animoso joven; tomo de nuevo tu mano y viviré gustoso contigo en el milenio venidero.’
La reina dio la bienvenida a su nueva amiga y bajó, junto con ella y las restantes acompañantes, por el altar, mientras el rey, parado entre los dos hombres, miraba hacia el puente y contemplaba atentamente la muchedumbre del pueblo.
Pero su contento no duró mucho tiempo, pues vio un objeto que le provocó enojo por un instante. El gran gigante, que todavía no parecía haberse restablecido totalmente de su sueño matinal, avanzó a los tumbos por el puente y provocó allí un gran desorden. Se había levantado, como era habitual en él, borracho de sueño y pensaba bañarse en la conocida ensenada del río; pero en lugar de ella encontró tierra firme y anduvo a tientas sobre el amplio pavimento del puente. Si bien se metió de la más torpe manera por entre hombres y animales, su presencia causó por cierto el asombro de todos, mas no fue sentida por nadie, pero cuando el sol le dio en los ojos y él levantó la mano para protegerse, la sombra de su enorme puño se movió detrás de él tan violenta y torpemente por entre la muchedumbre, que grandes masas de hombres y animales se precipitaron, fueron dañadas y corrieron peligro de ser arrojadas al río.
El rey, cuando vio esta desdichada acción, hizo un movimiento involuntario para tomar la espada; pero reflexionó y observó con tranquilidad primero su cetro, después la lámpara y el remo de su acompañante. ‘Adivino tu pensamiento,’ dijo el hombre de la lámpara, ‘pero nosotros y nuestras fuerzas somos impotentes frente a este impotente. ¡Tranquilízate!, es la última vez que produce un daño y, felizmente, su sombra se ha apartado de nosotros.’
Entretanto el gigante se había acercado cada vez más, de asombro por lo que con sus ojos abiertos veía había dejado caer sus brazos, ya no hacía daño, y entró boquiabierto en el atrio.
Se dirigía precisamente a la puerta del templo cuando, de pronto, en el medio del patio, fue sujetado al suelo. Estaba parado allí como una estatua enorme, colosal, de brillante piedra rojiza; y su sombra indicaba las horas, que estaban marcadas en un círculo sobre el piso a su alrededor, no en cifras sino en nobles y significativas imágenes.
No poco se alegró el rey de ver la sombra del monstruo en una útil dirección; no poco se sorprendió la reina que, cuando adornada de la máxima magnificencia bajó del altar junto con sus doncellas, divisó la rara estatua que casi cubría la vista que desde el templo se tenía en dirección al puente.
Entretanto el pueblo se había apiñado en torno al gigante, pues este estaba quieto, lo había rodeado y contemplado con asombro su metamorfosis. Desde allí se dirigió la muchedumbre hacia el templo, cuya existencia sólo entonces pareció haber percibido, y atropelladamente se encaminó hacia la puerta.
En este momento se cernía el azor con el espejo, muy arriba, sobre la catedral, captó la luz del sol y la proyectó sobre el grupo que estaba sobre el altar. El rey, la reina y sus acompañantes aparecieron, en medio de la penumbra de la bóveda del templo, iluminados por un resplandor celestial, y el pueblo cayó de bruces. Cuando la muchedumbre se recuperó y se puso en pie, el rey y los suyos habían descendido del altar a fin de dirigirse, a través de ocultos salones, a su palacio, y el pueblo se dispersó por el templo para satisfacer su curiosidad. Contempló con asombro y respeto los tres reyes que estaban de pie; y sintió tanto más ansiedad por saber que podría ser lo que se ocultaba, con forma de terrón, bajo el tapiz, en el cuarto nicho. Pues, fuera quien fuere, una benévola modestia había extendido un magnífico manto sobre el rey postrado, manto que ningún ojo puede atravesar y que ninguna mano se atreve a levantar.
El pueblo habría contemplado y admirado interminablemente, y la curiosa muchedumbre hasta se habría aplastado a sí misma en el templo, si su atención no se hubiera desviado de nuevo hacia la gran plaza.
Inopinadamente, como del aire, cayeron sonoras monedas de oro sobre las losas de mármol, los caminantes que estaban más cerca se precipitaron hacia ellas para adueñarse de ellas; aisladamente se repitió el milagro, aquí y allá. Se entiende que los fuegos fatuos, que se retiraban, se divirtieron así una vez más, y derrocharon alegremente el oro que provenía de los miembros del rey postrado. Ansiosamente corrió el pueblo durante un tiempo más de un lado para el otro, se apretujó y se tironeó, aun cuando ya no caían monedas de oro. Por último se fue dispersando lentamente, siguió su camino, y hasta el día de hoy pulula el puente de caminantes, y el templo es el lugar más visitado de toda la tierra.



miércoles, 13 de mayo de 2009

INICIACIÓN (II)

INICIACIÓN (II)
La máxima desgracia es precursora de la máxima felicidad… cuando llega la hora.

Para salvar al caballero de la muerte la serpiente verde decide sacrificarse. Traducción:

“La serpiente se movió en cambio tanto más activamente; parecía buscar una salvación, y sus extraños movimientos sirvieron realmente por lo menos para impedir por un tiempo las inminentes y horribles consecuencias de la desgracia. Trazó con su flexible cuerpo un amplio círculo en torno al cadáver, tomó con sus dientes la punta de su cola y se quedó quieta. (…) ‘¿Quien nos trae al hombre con la lámpara antes de que se ponga el sol?’ susurró quedamente la serpiente, pero de tal manera que se oía, las doncellas se miraron y las lágrimas de azucena aumentaron. En este momento regresó sin aliento la mujer del canasto. ‘¡Estoy perdida y mutilada!’ exclamó; ‘¡mirad cómo mi mano casi ya ha desaparecido por completo! Ni el barquero ni el gigante me quisieron trasladar, porque soy todavía deudora del agua, en vano he ofrecido cien repollos y cien cebollas, sólo se quiere un ejemplar de cada una de las tres plantas, y en estas comarcas no se puede encontrar ni una alcachofa.
‘¡Olvidad vuestra necesidad’, dijo la serpiente, y tratad de ayudar aquí, quizá al mismo tiempo se os pueda ayudar a vos! Apuraos todo lo que podáis para buscar a los fuegos fatuos; todavía está muy claro para verlos, pero quizá los oís reír y revolotear. Si ellos se apuran el gigante los ha de hacer cruzar el río, y podrán encontrar al hombre de la lámpara y enviarlo.’
La mujer se apresuró todo lo que pudo; y la serpiente pareció esperar con la misma impaciencia que la azucena el regreso de ambos. Por desgracia los rayos del sol poniente doraban ya solamente las más altas copas de los árboles del bosque, y largas sombras se extendían sobre el lago y la pradera; la serpiente se movía con impaciencia y azucena se deshacía en llantos.
En medio de esta angustiosa situación miraba la serpiente hacia todos lados pues temía a cada momento que el sol se pusiera y la descomposición del cuerpo atravesara el círculo mágico y atacara inconteniblemente al bello joven. Finalmente divisó, muy arriba en los aires, al azor, cuyo pecho recibía los últimos rayos del sol. Se sacudió de alegría ante esta buena señal, y no se engañaba: pues poco después se vio al hombre de la lámpara deslizarse por sobre el lago como si fuera sobre patines.
La serpiente no cambió de posición, pero la azucena se irguió y le gritó: ‘¿Qué buen espíritu es el que te envía justo en el momento en que tanto te anhelamos y tanto necesitamos de ti?’
‘El espíritu de mi lámpara’, replicó el viejo, ‘es el que me impulsa, y el azor me guía aquí. Ella empieza a crepitar y a echar chispas cuando se me necesita, y miro entonces el cielo a mi alrededor en busca de alguna señal; algún pájaro o meteoro me señala la parte del cielo adonde debo dirigirme. ¡Tranquilízate, bella muchacha! No sé si puedo ayudar; un individuo no ayuda, sino quien se une con muchos a la hora adecuada. Posterguemos y esperemos. Mantén cerrado tu círculo,’ prosiguió mientras se dirigía a la serpiente, se sentaba junto a ella sobre un montículo de tierra e iluminaba el cuerpo muerto. ‘¡Trae también al gracioso canario, y ponlo dentro del círculo!’ Las doncellas tomaron del canasto el pequeño cadáver, pues la anciana había dejado allí el canasto, y obedecieron al hombre.
Entretanto el sol se había puesto y, como creciera la oscuridad, empezaron, empezaron a irradiar luz no sólo la serpiente y la lámpara del hombre a su manera, sino que también el velo de azucena emitió una dulce luz que, como delicado rosicler, coloreó con infinita gracia sus pálidas mejillas y su blanca vestidura. Se miraron mutuamente y se contemplaron con tranquilidad; una segura esperanza hizo que disminuyeran la preocupación y la tristeza.
De ahí que no fuera desagradable que apareciera la vieja mujer acompañada por las dos animosas llamas, que tenían que haber derrochado mucho pues se habían vuelto de nuevo extremadamente estrechas; pero que se comportaron tanto más finamente con la princesa y las otras mujeres. Con la mayor seguridad y muy expresivamente dijeron cosas bastante habituales; se mostraron bastante sensibles para el encanto que el velo luminoso difundía sobre la azucena y sus acompañantes. Modestamente bajaron la vista las mujeres y la alabanza de su belleza las embelleció realmente. Todos estaban contentos y tranquilos menos la anciana. A pesar de que el marido le había asegurado que su mano no podría seguir disminuyendo mientras estuviera iluminada por una lámpara, afirmó más de una vez que, si todo seguía así, este noble miembro de su cuerpo desaparecería por completo antes de medianoche.
El viejo de la lámpara había escuchado atentamente la conversación de los fuegos fatuos y estaba contento de que azucena hubiera sido distraída y alegrada por dicho coloquio. Y realmente se había hecho de noche sin que nadie supiera cómo. El viejo observó las estrellas y comenzó a hablar: ‘Nos hemos reunido en una hora dichosa, cada uno cumpla con su oficio, cada cual cumpla con su deber, y una dicha común disipará los dolores individuales, así como una desgracia común consume las alegrías individuales.’
Luego de estas palabras se produjo un extraño ruido, pues todos los personajes que estaban presentes empezaron a hablar y manifestaron en voz alta lo que tendrían que hacer, sólo las tres doncellas se quedaron calladas; una se había dormido junto al arpa, la otra junto a la sombrilla, la tercera junto al sillón, y no se les podía reprochar esto, pues era tarde. Los ardientes jóvenes, luego de haber dirigido algunas pasajeras cortesías a las servidoras, se consagraron finalmente sólo a la azucena, como que era la más hermosa.
‘Toma el espejo’, dijo el viejo al azor, ‘e ilumina con el premier rayo de sol a las durmientes, ¡y despiértalas con la luz reflejada desde las alturas!’
La serpiente comenzó entonces a moverse, rompió el círculo y se desplazó lentamente, formando grandes círculos, en dirección al río. Solemnemente la siguieron los dos fuegos fatuos, y uno los habría considerado como las más serias llamas. La anciana y su marido tomaron el canasto, cuya dulce luz apenas se había notado hasta ese momento; lo tomaron de los dos lados y se fue haciendo cada vez más grande y luminoso; levantaron en él el cadáver del joven y le pusieron sobre el pecho el canario; el canasto se elevó a las alturas y flotó sobre la cabeza de la anciana y ella siguió a pie a los fuegos fatuos. La bella azucena tomó en sus brazos a Mops y siguió a la anciana, el hombre de la lámpara cerró el cortejo; y la comarca se iluminó de la más extraña manera por todas estas luces.
Pero el grupo, con no pequeño asombro, vio al llegar al río que sobre este se extendía un magnifico arco por medio del cual la benéfica serpiente les preparaba un brillante camino. Si durante el día se había admirado las transparentes piedras preciosas de que parecía compuesto el puente, se contemplaba de noche con asombro su brillante magnificencia. Hacia arriba el círculo luminoso se recortaba claramente sobre el cielo oscuro; pero hacia abajo brotaban vívidos rayos en dirección al centro y mostraban la móvil firmeza de la construcción. El cortejo cruzó lentamente, y el barquero, que desde lejos, desde su choza, miraba, contemplaba con asombro el círculo luminoso y las extrañas luces que se desplazaban por encima de él.
No bien llegaron a la otra orilla, cuando el arco del puente empezó a balancearse a su manera y a acercarse como formando ondas al agua. La serpiente se desplazó de inmediato a tierra, el canasto bajó al suelo; y la serpiente volvió a trazar su círculo; el anciano se inclinó hacia ella y dijo: ‘¿Qué has decidido?’
‘Sacrificarme antes de ser sacrificada.’ Replicó la serpiente; ‘prométeme que no has de dejar ninguna piedra sobre la tierra’.
El viejo lo prometió, y dijo inmediatamente a la bella azucena: ¡Toca la serpiente con la mano izquierda, y a tu amado con la derecha!’ Azucena se arrodilló y tocó la serpiente y el cadáver. En ese instante éste pareció volver a la vida; se movió dentro del canasto, se levantó, se sentó. Azucena quiso abrazarlo, pero el anciano la detuvo, ayudó en cambio al joven a pararse y lo guió para que saliera del canasto y del círculo.
El joven estaba de pie; el canario aleteaba sobre su hombro, había de nuevo vida en ambos, pero el espíritu todavía no había vuelto: el bello amigo tenía los ojos abiertos y no veía, al menos parecía ver todo sin manifestar ningún interés; y en cuanto disminuyó algo el asombro que causaba este suceso, se empezó sólo entonces a notar cuan extrañamente se había transformado la serpiente. Su bello, esbelto cuerpo, se había desintegrado en miles y miles de luminosas piedras preciosas. Por un descuido la anciana, que quería alzar su canasto, había chocado contra el cuerpo de ella, y ya no se veía nada de la forma de la serpiente, sólo quedaba sobre el césped un bello círculo de luminosas piedras preciosas.”[5]

El sacrificio de la serpiente verde da lugar a una serie de eventos que culminan con la aparición de un templo y de un puente que une las dos orillas del gran río. Traducción:

“Como estrellas luminosas y brillantes se fueron las piedras flotando sobre la corriente, y no se pudo distinguir si se perdieron en la lejanía o se hundieron.
‘Señores míos,’ dijo el viejo respetuosamente dirigiéndose a los fuegos fatuos, ‘ahora les muestro el camino y les indico el paso, pero ustedes nos harán el mayor servicio si nos abren la puerta del santuario por la que tenemos que entrar, y que nadie fuera de ustedes puede abrir.’
Los fuegos fatuos se inclinaron respetuosamente y se quedaron atrás. El viejo de la lámpara se adelantó hacia la roca que se abría ante él. El joven lo siguió como mecánicamente, tranquila e indecisa se mantenía azucena a cierta distancia detrás de él; la anciana no quiso quedarse atrás y extendió la mano para que la pudiera iluminar la luz de la lámpara de su marido. Los fuegos fatuos cerraron el cortejo, mientras las puntas de sus llamas se acercaban y parecían hablar entre sí.
No habían andado mucho tiempo cuando el cortejo se encontró ante una gran puerta de bronce cuyas hojas estaban cerradas con un cerrojo de oro. El anciano llamó inmediatamente a los fuegos fatuos, que no se hicieron de rogar mucho tiempo sino que, solícitamente, gastaron con sus más agudas llamas la cerradura y el pasador.
Un fuerte ruido produjo el bronce cuando las puertas se abrieron prontamente y aparecieron en el sagrario las dignas estatuas de los reyes iluminadas por las luces que penetraban. Todos se inclinaron ante los venerables señores, los fuegos fatuos, en especial, no omitieron curvas reverencias.
Luego de una pausa el rey de oro preguntó: ‘¿De donde venís?’. ‘Del mundo,’ contestó el viejo. ‘¿Adónde vais?’ preguntó el rey de plata. ‘Al mundo,’ dijo el viejo. ¿Para qué nos queréis a nosotros?’ preguntó el rey de bronce. ‘Para acompañaros,’ dijo el viejo.
El rey hecho de mezcla quiso empezar a hablar en este momento, cuando el de oro dijo a los fuegos fatuos, que se habían acercado demasiado a él: ‘¡Apartaos de mí, mi oro no es para vuestro gaznate!’. Se volvieron entonces hacia el de plata y se estrecharon contra él, sus vestiduras brillaban bellamente bajo el reflejo amarillento. ‘Bienvenidos,’ dijo él, ‘pero no os puedo alimentar, ¡nutríos fuera y traedme vuestra luz!’ Se alejaron y se deslizaron delante del de bronce, que pareció no notarlos, hacia el que estaba formado por una mezcla. ‘¿Quién ha de dominar el mundo?’ exclamó éste con voz temblorosa. ‘El que se pare sobre sus pies,’ contestó el viejo. ‘¡Ese soy yo! Dijo el rey mezclado. ‘Se producirá la revelación,’ dijo el viejo; ‘pues ya es tiempo.’
La bella azucena se arrojó al cuello del anciano y lo besó muy afectuosamente. ‘Santo padre,’ dijo, ‘mil veces te agradezco, pues por tercera vez escucho las misteriosas palabras.’ No bien hubo terminado de hablar cuando se asió todavía con más fuerza del anciano, pues el suelo empezó a temblar bajo sus pies; también la anciana y el joven se sostenían mutuamente, sólo los movedizos fuegos fatuos no notaron nada.
Se podía sentir claramente que todo el templo se movía como un barco que suavemente se aleja del puerto cuando se han levado las anclas; las profundidades de la tierra parecían abrirse ante él mientras avanzaba. No chocaba contra nada, ninguna roca se le atravesaba en el camino.
Por unos pocos instantes una fina lluvia pareció penetrar por la abertura de la cúpula, el viejo sostuvo con más fuerza a la azucena y le dijo: ‘Estamos bajo el río, y pronto llegaremos a la meta.’ No pasó mucho tiempo hasta que creyeron detenerse, pero se engañaban: el templo ascendía.
En ese momento se produjo un raro estruendo por encima de sus cabezas. Tablas y vigas, en enorme confusión, comenzaron a penetrar ruidosamente por la abertura de la cúpula.
(…) Por una escalera que surgía desde adentro, apareció entonces en lo alto el noble joven; el hombre de la lámpara lo iluminaba, y otro parecía sostenerlo, otro que se asomaba con una corta vestidura blanca y que tenía en la mano un remo de plata; pronto se reconoció en él al barquero, que antes era el habitante de la choza transformada.
La bella azucena subió por las gradas exteriores que llevaban del templo al altar; pero todavía tenía que mantenerse a la distancia de su amado. La anciana, cuya mano, mientras la lámpara había estado oculta, se había achicado más y más, exclamó: ‘¿He de seguir siendo desdichada? ¿En medio de tantos milagros, no hay un milagro que pueda salvar mi mano?’. El marido le señaló la puerta abierta y dijo: ‘¡Mira, amanece, apresúrate y báñate en el río!’ -‘¡Qué consejo!’ exclamó ella, ‘me he de poner totalmente negra y he de desaparecer por completo; pues todavía no he pagado mi deuda!’ –‘¡Anda’, dijo el viejo, ‘y sígueme! Todas las deudas están ya saldadas.’
La anciana se alejó de prisa y en ese momento apareció la luz del sol que amanecía sobre la cresta de la cúpula; el viejo se puso entre el joven y la virgen y gritó con fuerza: ‘Tres son los que dominan en la tierra: la sabiduría, el esplendor y el poder.’ Al decir la primera palabra se paró el rey de oro, con la segunda el de plata, y con la tercera se había levantado lentamente el de bronce, cuando el rey hecho de mezcla de pronto se sentó torpemente.
Quien lo veía, a pesar de la solemnidad del momento, apenas podía contener la risa, pues no estaba sentado, no yacía, no se apoyaba, sino que se había desplomado sin forma alguna.
Los fuegos fatuos, que hasta ese momento se habían ocupado de él, se hicieron a un lado. Aunque se los veía pálidos a la luz matinal, parecían estar de nuevo bien alimentados y tener una buena llama; hábilmente habían sorbido las vetas de oro de la estatua colosal con sus agudas lenguas, hasta lo más íntimo de ella. (…)
El hombre de la lámpara hizo entonces que el joven bello, pero que todavía miraba fijamente delante de sí, bajara del altar y se dirigiera directamente hacia el rey de bronce. A los pies del poderoso príncipe había una espada en una vaina de bronce. El joven se la colgó. ‘La espada a la izquierda, ¡la derecha libre! Exclamó el poderoso rey. Se dirigieron después hacia el de plata, que inclinó su cetro en dirección al joven. Este lo tomó con la mano izquierda, y el rey dijo con complaciente voz: ‘¡Apacienta las ovejas!’. Cuando fueron hacia el rey de oro, él, con ademán de bendición paterna, impuso al joven sobre la cabeza la corona de roble, y habló: ‘¡Reconoce el bien supremo!’.
Mientras ocurría esto el viejo había observado detenidamente al joven. Luego de que se colgó la espada, se le levantó el pecho, se le movieron los brazos y sus pies pisaron con más firmeza; mientras tomaba con la mano el cetro pareció atenuarse la fuerza y aumentar más por medio de un inefable encanto; pero cuando la corona de roble adornó sus rizos, se le animó la expresión del rostro, le brillaron los ojos con un inefable espíritu, y la primera palabra de su boca fue ‘azucena’.
‘¡Querida azucena!’ exclamó cuando vio que ella venía subiendo por la escalera de plata, pues desde el borde superior del altar ella había estado atenta a su viaje, ‘¡querida azucena!, ¿el hombre, dotado de todo, qué otra cosa más preciosa puede desear que la inocencia y el sereno afecto que me trae tu pecho? -¿Oh!, amigo mío,’ prosiguió él mientras se dirigía al anciano y contemplaba las tres estatuas sagradas, ‘magnífico y seguro es el reino de nuestros padres; pero has olvidado la cuarta fuerza, que es anterior, más general y domina el mundo más seguramente: la fuerza del amor’. Al decir estas palabras se arrojó al cuello de la bella muchacha; ella se había quitado el velo, y sus mejillas se colorearon con el más bello, con imperecedero rubor.
El anciano dijo entonces sonriendo: ‘El amor no domina, pero forma, y esto es más.’”[6]

[5] Ibid., p. 98-100.
[6] Ibid., p. 100-104.

martes, 12 de mayo de 2009

INICIACIÖN (I)

INICIACIÓN (I)

En la vida humana no es raro ver y no ver, oír y no oír. La piedra angular pasa a nuestros ojos como un vulgar pedrusco. Este es el caso de la tradición oral y los cuentos que reflejan veladamente la sabiduría ancestral del animal humano. Sabiduría codificada de esa manera desde la insondable noche de los tiempos. Un cuento es en potencia un mito y viceversa. Una lejana luz que ilumina por unos instantes el oscuro abismo de la díada instinto-intelecto.
Goethe es el hombre que creó el mito del hombre fáustico: el que le vende su alma al diablo por la plenitud sensorial y… la Belleza. Goethe es también el autor del cuento de la Serpiente Verde y la Flor de Lis. Este mito del hombre de todas las épocas es un primer paso hacia la iniciación.
Según Rudolf Steiner, el cuento de Goethe refleja fielmente la evolución y la esencia del alma humana.[1] Siempre según Steiner, Goethe afirma que todo hombre tiene del mundo su propia representación particular en la que el significante siempre es diferente pero el significado es siempre el mismo. El significado es siempre el mismo porque la realidad objetiva es siempre la misma. Lo que varía es la facultad cognoscitiva individual.
Iniciar significa entonces elevar la facultad cognoscitiva para alcanzar una visión más profunda del mundo. El rasgo predominante de la obra de Goethe es el principio de la iniciación o principio del conocimiento en evolución. En este sentido el cuento de la Serpiente Verde es paradigmático.
Goethe rechaza absolutamente la idea de un conocimiento fundado exclusivamente sobre la representación mental, el pensamiento abstracto. Este es un rasgo esencial de su naturaleza: para descifrar el enigma del mundo el hombre debe ejercer toda su alma y sus facultades.
Para realizarse, el hombre debe aislar lo arbitrario de sus intenciones personales. Su esencia determina la dirección de su pensamiento y de su acción cuando el objeto no despierta ni simpatía ni antipatía y se refleja puramente en su pensamiento y sentimiento. Es por esto que Goethe introduce en su cuento los representantes de esas tres formas de iniciación:

El Rey de Oro: iniciación al conocimiento por el pensamiento.
El Rey de Plata: iniciación al conocimiento por el sentimiento objetivo.
El Rey de Bronce: iniciación al conocimiento por la voluntad.

Los cuentos nacen de la misma fuente que los mitos de las antiguas religiones. Jamás son elaborados por el pensamiento. Son los últimos vestigios de una arcaica clarividencia. Confrontado con el enigma de una parábola o un cuento, el hombre despierta una facultad perdida: la conciencia imaginativa. Imaginación que encierra la clave de ciertos enigmas de la vida.
En su cuento, Goethe presenta una síntesis de los fundamentos de la corriente de pensamiento esotérica y predice una nueva época de sabiduría en la que la riqueza espiritual estará al alcance de todos. He aquí una descripción esquemática del cuento seguida del texto original. Una noche de tormenta dos Fuegos Fatuos llegan a la orilla de un gran río. Allí encuentran un Barquero que los transporta al otro lado del río. El Barquero rechaza el oro que le ofrecen en pago y exige ser pagado con repollos, alcachofas y cebollas. El Barquero lanza el oro por una falla o fisura en la tierra en donde vive la Serpiente Verde quien, al comerse el oro, deviene luminosa y transparente. Veamos ahora la traducción del texto original en alemán por Oscar Caeiro:

“Junto al gran río, que acababa de crecer y de desbordarse por una fuerte lluvia, yacía en su pequeña choza, cansado por el esfuerzo del día, el viejo barquero, y dormía. En medio de la noche lo despertaron algunas voces fuertes; oyó que unos viajeros querían ser pasados al otro lado.
Cuando salió a la puerta vio dos grandes fuegos fatuos que flotaban sobre el bote que estaba atado al muelle y que le aseguraron que tenían mucho apuro y que deseaban estar ya en la otra orilla. El viejo no dudó; empujó el bote y atravesó el río con su habitual habilidad; entretanto los extraños cuchicheaban en un lenguaje desconocido y muy rápido, de tanto en tanto prorrumpían en una sonora carcajada; y saltaban ya sobre los bordes y bancos, ya sobre el piso del bote, de un lado para el otro.
‘¡El bote se balancea!’ gritó el viejo; ‘si sois tan inquietos, se puede tumbar, ¡sentaos, luces!’
Esta orden les arrancó una gran carcajada; se burlaron del anciano y estuvieron todavía más inquietos que antes. Él soportó con paciencia sus malos modales y llegó pronto a la otra orilla.
‘¡Aquí tenéis por la molestia que os habéis tomado!’ exclamaron los viajeros y, mientras se sacudían, cayeron muchas resplandecientes monedas de oro en el húmedo bote. ‘¡Por Dios, qué hacéis?’ gritó el viejo, ‘¡Me causáis la mayor desgracia! Si se cayera una sola moneda al agua el río, que no puede tolerar a este metal, se levantaría formando horribles olas, me devoraría a mí y devoraría el bote. ¡Y quién sabe qué habría sido de vosotros¡ ¡Recoged de nuevo vuestro dinero!’
‘No podemos recoger nada que hayamos sacudido’ replicaron aquellos.
‘Entonces me causáis todavía la molestia,’ dijo el viejo mientras se agachaba y juntaba en su gorra las monedad de oro, ‘de tener que recogerlas, llevarlas a tierra y enterrarlas.’
Los fuegos fatuos habían saltado del bote y el viejo gritó: ‘¿Dónde está mi paga?’
‘¡El que no acepta oro, que trabaje de balde!’ exclamaron las luces malas. –‘Tenéis que saber que a mí sólo se me puede pagar con frutos de la tierra.’ -¿Con frutos de la tierra? Los despreciamos y nunca hemos gustado de ellos.’ –‘Y sin embargo no puedo dejaros ir antes de que me prometáis entregarme tres repollos, tres alcachofas y tres cebollas grandes.’
Los fuegos fatuos, bromeando, quisieron escabullirse; pero se sintieron indescriptiblemente atados al suelo; fue la más desagradable sensación que hayan tenido jamás. Prometieron satisfacer a la brevedad la exigencia de él; los dejó ir y desatracó el bote. Ya se había alejado bastante cuando le gritaron: ‘¡Eh viejo! ¡Oíd viejo! ¡Hemos olvidado lo más importante!’. Él estaba lejos y no los oía. Se había dejado llevar aguas abajo por el mismo lado del río, a un lugar escarpado que nunca podía ser alcanzado por el agua y donde pensaba enterrar el peligroso oro. Allí, entre altas rocas, encontró un abismo enorme, arrojó el oro adentro y regresó a su choza.
En dicho abismo se encontraba la bella serpiente verde que, al oír el ruido que producían las monedad al caer, despertó de su sueño. No alcanzó a ver los luminosos discos cuando ya en el acto, y con gran avidez, los devoró; y buscó todas las monedas que se habían desparramado entre los matorrales y entre las grietas de las rocas.
No bien estuvieron tragadas, sintió ella, con la más agradable sensación, cómo el oro se derretía en sus entrañas y se difundía por todo su cuerpo, y para gran alegría suya notó que se había vuelto transparente y luminosa.” [2]

Gracias a la Serpiente Verde, los Fuegos Fatuos aprenden que la Bella Lilia, el objeto de su búsqueda, se encuentra en la otra orilla del gran río. Sólo hay dos formas de cruzar el río en sentido opuesto: cuando la serpiente se tiende de orilla a orilla en horas del mediodía, y de noche en la sombra del Gigante. Después que la Serpiente se ofrece a conducirlos de vuelta al mediodía, se introduce en una gruta en la que habitan cuatro estatuas reales. Las tres primeras están hechas respectivamente de oro, de plata y de bronce. La cuarta está compuesta de la mezcla de los tres metales. En ese momento llega a la gruta un viejo que lleva una lámpara. Él conoce tres secretos de los cuales el más importante es aquél que no se oculta, que se manifiesta. Pero no puede revelarlos hasta que conozca el cuarto secreto. Caeiro:

“Se creía capaz de iluminar con su propia luz esta maravillosa bóveda subterránea, y esperaba llegar a conocer perfectamente, de una sola vez, estos extraños objetos. Se apuró y pronto encontró en el camino de costumbre las grietas por las que solía deslizarse dentro del santuario.
Una vez que se encontró en el lugar miró con curiosidad a su alrededor, y aunque su brillo no podía iluminar todos los objetos de la rotonda, pudo ver con bastante claridad los que estaban más cerca. Con asombro y reverencia levantó la vista hacia un resplandeciente nicho en el que se encontraba la estatua de un venerable rey en oro puro. Según su medida era mayor que el tamaño humano, pero la figura humana que representaba era más bien la de un hombre pequeño, que no grande. Su cuerpo bien formado estaba cubierto por una sencilla capa, y una guirnalda hecha con ramas de roble apretaba sus cabellos.
Apenas había la serpiente comenzado a contemplar esta venerable estatua, cuando el rey empezó a hablar y preguntó: ‘¿De donde vienes?’-‘De las cimas,’ replicó la serpiente, ‘en las que habita el oro.’ –‘¿Qué es más magnífico que el oro?’ preguntó el rey. ‘La luz.’ Contestó la serpiente. ‘¿Qué es más reconfortante que la luz?’ preguntó aquél. ‘La conversación,’ contestó esta.
Mientras estaban hablando ella había mirado de reojo hacia el próximo nicho y había visto otra estatua magnífica. En este se encontraba un rey de plata de cuerpo esbelto y más bien escuálido, estaba cubierto con vestiduras muy adornadas, tenía adornados con piedras preciosas la corona, el cinturón y el cetro; tenía la alegría del orgullo en su rostro y parecía disponerse a hablar cuando, de pronto, una veta oscura que corría por la pared de mármol se iluminó de pronto y difundió una luz agradable por todo el templo. Con esta luz la serpiente vio al tercer rey que, con su enorme figura de bronce, estaba sentado, se apoyaba sobre su maza, estaba adornado con una corona de laurel y parecía ser más una roca que un hombre. Quiso ver en dirección hacia el cuarto, que estaba a gran distancia de ella, pero el muro se abrió debido a que la veta iluminada zigzagueó como un relámpago y desapareció.
Un hombre de mediana estatura, que salió en ese momento, atrajo hacia sí la atención de la serpiente. Estaba vestido como un campesino y llevaba en la mano una pequeña lámpara cuya quieta llama uno sentía placer de mirar y que, de un modo maravilloso, sin arrojar ni una sola sombra, iluminaba toda la catedral.
‘¿Por qué vienes, si nosotros tenemos luz?’ preguntó el rey de oro. –‘Sabéis muy bien que no me está permitido iluminar lo oscuro.’ – ‘¿Termina mi reino?’ preguntó el rey de plata. ‘Tarde o nunca.’ Replicó el viejo.
Con voz fuerte empezó a preguntar el rey de bronce: ‘¿Cuándo me levantaré?’. ‘Pronto’ replicó el anciano. ‘¿Con quien debo unirme?’ preguntó el rey. ‘Con tu hermano mayor,’ dijo el anciano. ‘¿Qué pasará con el menor?’ preguntó el rey. ‘Se sentará,’ dijo el anciano.
‘No estoy cansado,’ exclamó el cuarto rey con una voz áspera, balbuceante.
Mientras aquellos hablaban, la serpiente se había deslizado quedamente por el templo, había contemplado todo y observaba ahora desde cerca al cuarto rey. Estaba apoyado en una columna y su considerable corpulencia era más bien pesada que bella. Sólo que el metal del que estaba hecha su estatua no se podía distinguir bien. Observándolo bien era una mezcla de tres metales, de los tres de los que estaban formados sus hermanos. Pero parecía que al fundirse estas materias no se habían combinado bien: vetas de oro y plata pasaban irregularmente a través de una masa de bronce y daban a la estatua un aspecto desagradable.
Entretanto el rey de oro dijo al hombre: ‘¿Cuántos secretos sabes?’ –‘Tres,’ replicó el anciano. ‘¿Cual es el más importante?’ preguntó el rey de plata. ‘El que está patente,’ replicó el anciano. ‘¿Quieres revelárnoslo también a nosotros?’ preguntó el de bronce. ‘En cuanto sepa el cuarto,’ dijo el anciano. ‘¡Que me importa a mí!’ murmuró el agazapado rey.
‘Yo sé el cuarto,’ dijo la serpiente, se acercó al viejo y le susurró algo al oído. ‘¡Ya es tiempo!’ exclamó el anciano con fuerte voz. El templo resonó, las columnas metálicas también produjeron un sonido, y en ese instante el anciano se hundió hacia el oeste y la serpiente hacia el este, y cada uno atravesó a gran velocidad el abismo de rocas. “[3]

Tiempo después, un grupo formado por la esposa del viejo, los dos fuegos fatuos, un joven caballero y la serpiente verde llegan al jardín de Lilia. En un arrebato de pasión el caballero muere al intentar abrazarla. El contacto con la bella lo mata al instante. Traducción de Caeiro:

“ ‘Sea de ello lo que fuere’, dijo la serpiente mientras proseguía la conversación interrumpida, ‘el templo ya está edificado.’
‘Pero todavía no está junto al río,’ replicó la belleza.
‘Todavía descansa en las profundidades de la tierra,’ dijo la serpiente, ‘he visto a los reyes y he hablado con ellos.’
‘Pero, ¿Cuándo se levantarán? Preguntó azucena.
La serpiente replicó: ‘Oí resonar en el templo las grandes palabras: ‘Ya es tiempo’.
Una admirable alegría se extendió por el rostro de la belleza. ‘Pues si hoy escucho’, dijo, ‘por segunda vez las felices palabras; ¿cuándo será el día en que las escuche tres veces?’
Se levantó, y en el acto salió del soto una encantadora doncella que le tomó el arpa. Le siguió otra que plegó la silla de marfil labrado sobre la que había estado sentada la belleza, y que tomó bajo el brazo el almohadón de plata. Una tercera, que llevaba una gran sombrilla bordada con perlas, se mostró de inmediato, a la espera de si azucena necesitaba de elle en su paseo. Estas tres doncellas eran bellas y encantadoras más de lo que se puede expresar, y sin embargo aumentaban más todavía la belleza de la azucena, pues todos tenían que reconocer que no se podían en absoluto comparar con ella.
Con complacencia había contemplado entretanto la bella azucena al maravilloso Mops. Se inclinó, lo tocó, y en ese instante él dio un salto. (…) Esta alegría, estas agradables jugarretas, fueron interrumpidas por la llegada del joven triste. Entró tal como lo conocemos; sólo que parecía que el calor del día lo había extenuado todavía más, y, en presencia de la amada, se fue poniendo, a cada momento, más y más pálido. Tenía en la mano en azor que estaba serenamente posado como una paloma y dejaba colgar las alas.
‘No es muy amistoso de tu parte,’ exclamó azucena, ‘que me pongas ante los ojos el odioso animal, el monstruo que ha matado hoy a mi pequeño cantor.’
‘¡No increpes al desdichado pájaro!’ replicó el joven; ‘acúsate más bien a tí misma y al destino, y concédeme que haga compañía al camarada de mi miseria.’
Entretanto Mops no dejaba de acariciar a la belleza, y ella respondía al transparente preferido con el más amistoso comportamiento. Palmoteaba para ahuyentarlo; luego corría para atraerlo de nuevo a sí. Trataba de atraparlo cuando se escabullía, y lo echaba de sí cuando él intentaba estrecharse contra ella. El joven contempla esto en silencio y con creciente disgusto, pero, finalmente, cuando ella tomó en sus brazos al feo animal, que a él le resultaba decididamente repugnante, lo oprimió contra su blanco pecho, y besó con sus celestiales labios el negro hocico, él perdió la paciencia y exclamó lleno de desesperación: ‘Yo. Que por un triste destino tengo que vivir en tu presencia separado quizá para siempre, que al perderte a tí me he perdido a mí mismo, he perdido todo, ¿tengo yo que ver con mis ojos que un engendro tan contrahecho te dé alegría, suscite tu afecto y pueda gozar de tus abrazos? He de seguir por más tiempo yendo de un lado para el otro y como trazando un triste círculo desde el río y hacia el río? ¡No, todavía hay en mi pecho una chispa del viejo heroísmo; en este instante se levanta y forma la última llama! Si las piedras pueden descansar en tu pecho, que me transforme en piedra; si tu contacto mata, quiero morir en tus manos.’
Al decir estas palabras hizo un movimiento violento, el azor voló de su mano, pero él se precipitó hacia la belleza; ella extendió la mano para detenerlo y lo tocó así más pronto. El perdió la conciencia, con horror, ella sintió sobre su pecho la bella carga. Dando un grito se apartó de ella, y el querido joven se desplomó exánime por entre los brazos de ella sobre la tierra.
¡Había ocurrido la desgracia!”[4]


[1] Steiner, Rudolf, L’esprit de Goethe, Alice Sauerwein, Paris, 1926. Traduction de Germaine Claretie.
[2] Goethe, Johan Wolfgang, Conversaciones de los emigrados alemanes, Goncourt, Buenos aires, 1979. Traducción y epílogo de Oscar Caeiro.
[3] Ibid., p. 86.
[4] Ibid., p. 95-96.