INICIACIÓN (III)
“En medio de esta solemnidad, de esta dicha, de este encanto, no se había notado que el sol brillaba ya plenamente y, de pronto, a través de la puerta abierta, varios objetos inesperados llamaron la atención de los que estaban allí. Una plaza grande y rodeada de columnas hacía de atrio, y en su extremo se veía un largo y magnífico puente que tendía sus muchos arcos sobre el río: tenía a ambos lados cómodas y suntuosas arcadas para los caminantes, que de a miles ya se encontraban allí, e iban y volvían atareados. El gran camino que había en el medio estaba animado por rebaños, mulas, jinetes y coches que por los dos lados, sin obstaculizarse mutuamente, iban y venían como torrentes. Todos parecían asombrados por la comodidad y suntuosidad; y el nuevo rey y su esposa estaban tan encantados por el movimiento y la vida de este gran pueblo, cuanto el mutuo amor los hacía felices.
‘¡Acuérdate con veneración de la serpiente!’ dijo el hombre de la lámpara; ‘tú le debes la vida, tus pueblos le deben el puente por medio del cual estas orillas vecinas se llenan de animación hasta convertirse en países y se unen. Esas piedras preciosas que flotan y brillan, los restos de su cuerpo sacrificado, son los pilares de este magnífico puente, sobre ellos se ha edificado a sí mismo y se ha de mantener a sí mismo.’
Quisieron exigirle que aclarara este maravilloso misterio, cuando entraron por la puerta del templo cuatro bellas muchachas. Por el arpa, la sombrilla y la silla plegadiza se reconoció inmediatamente a las acompañantes de azucena, pero la cuarta, más bella que las otras tres, era una desconocida que, bromeando fraternalmente con ellas, recorrió de prisa el templo y subió por las gradas de plata.
‘¿En lo futuro me creerás más, querida mujer?’ dijo a la belleza el hombre de la lámpara. ‘¡Dichosa tú y toda criatura que esta mañana se bañe en el río!’
La vieja rejuvenecida y embellecida, de cuyas anteriores formas corporales no habían quedado ni huellas, abrazó al hombre de la lámpara con brazos amistosos y juveniles, que recibió amistosamente sus caricias. ‘Si soy para ti demasiado viejo,’ dijo sonriendo, ‘puedes elegirte hoy otro esposo; a partir de hoy no es válido ningún matrimonio que no sea celebrado de nuevo.’
‘¿Pero no sabes,’ replicó ella, ‘que también tú te has vuelto más joven?’ –‘Me alegro de aparecer ante tus jóvenes ojos como un animoso joven; tomo de nuevo tu mano y viviré gustoso contigo en el milenio venidero.’
La reina dio la bienvenida a su nueva amiga y bajó, junto con ella y las restantes acompañantes, por el altar, mientras el rey, parado entre los dos hombres, miraba hacia el puente y contemplaba atentamente la muchedumbre del pueblo.
Pero su contento no duró mucho tiempo, pues vio un objeto que le provocó enojo por un instante. El gran gigante, que todavía no parecía haberse restablecido totalmente de su sueño matinal, avanzó a los tumbos por el puente y provocó allí un gran desorden. Se había levantado, como era habitual en él, borracho de sueño y pensaba bañarse en la conocida ensenada del río; pero en lugar de ella encontró tierra firme y anduvo a tientas sobre el amplio pavimento del puente. Si bien se metió de la más torpe manera por entre hombres y animales, su presencia causó por cierto el asombro de todos, mas no fue sentida por nadie, pero cuando el sol le dio en los ojos y él levantó la mano para protegerse, la sombra de su enorme puño se movió detrás de él tan violenta y torpemente por entre la muchedumbre, que grandes masas de hombres y animales se precipitaron, fueron dañadas y corrieron peligro de ser arrojadas al río.
El rey, cuando vio esta desdichada acción, hizo un movimiento involuntario para tomar la espada; pero reflexionó y observó con tranquilidad primero su cetro, después la lámpara y el remo de su acompañante. ‘Adivino tu pensamiento,’ dijo el hombre de la lámpara, ‘pero nosotros y nuestras fuerzas somos impotentes frente a este impotente. ¡Tranquilízate!, es la última vez que produce un daño y, felizmente, su sombra se ha apartado de nosotros.’
Entretanto el gigante se había acercado cada vez más, de asombro por lo que con sus ojos abiertos veía había dejado caer sus brazos, ya no hacía daño, y entró boquiabierto en el atrio.
Se dirigía precisamente a la puerta del templo cuando, de pronto, en el medio del patio, fue sujetado al suelo. Estaba parado allí como una estatua enorme, colosal, de brillante piedra rojiza; y su sombra indicaba las horas, que estaban marcadas en un círculo sobre el piso a su alrededor, no en cifras sino en nobles y significativas imágenes.
No poco se alegró el rey de ver la sombra del monstruo en una útil dirección; no poco se sorprendió la reina que, cuando adornada de la máxima magnificencia bajó del altar junto con sus doncellas, divisó la rara estatua que casi cubría la vista que desde el templo se tenía en dirección al puente.
Entretanto el pueblo se había apiñado en torno al gigante, pues este estaba quieto, lo había rodeado y contemplado con asombro su metamorfosis. Desde allí se dirigió la muchedumbre hacia el templo, cuya existencia sólo entonces pareció haber percibido, y atropelladamente se encaminó hacia la puerta.
En este momento se cernía el azor con el espejo, muy arriba, sobre la catedral, captó la luz del sol y la proyectó sobre el grupo que estaba sobre el altar. El rey, la reina y sus acompañantes aparecieron, en medio de la penumbra de la bóveda del templo, iluminados por un resplandor celestial, y el pueblo cayó de bruces. Cuando la muchedumbre se recuperó y se puso en pie, el rey y los suyos habían descendido del altar a fin de dirigirse, a través de ocultos salones, a su palacio, y el pueblo se dispersó por el templo para satisfacer su curiosidad. Contempló con asombro y respeto los tres reyes que estaban de pie; y sintió tanto más ansiedad por saber que podría ser lo que se ocultaba, con forma de terrón, bajo el tapiz, en el cuarto nicho. Pues, fuera quien fuere, una benévola modestia había extendido un magnífico manto sobre el rey postrado, manto que ningún ojo puede atravesar y que ninguna mano se atreve a levantar.
El pueblo habría contemplado y admirado interminablemente, y la curiosa muchedumbre hasta se habría aplastado a sí misma en el templo, si su atención no se hubiera desviado de nuevo hacia la gran plaza.
Inopinadamente, como del aire, cayeron sonoras monedas de oro sobre las losas de mármol, los caminantes que estaban más cerca se precipitaron hacia ellas para adueñarse de ellas; aisladamente se repitió el milagro, aquí y allá. Se entiende que los fuegos fatuos, que se retiraban, se divirtieron así una vez más, y derrocharon alegremente el oro que provenía de los miembros del rey postrado. Ansiosamente corrió el pueblo durante un tiempo más de un lado para el otro, se apretujó y se tironeó, aun cuando ya no caían monedas de oro. Por último se fue dispersando lentamente, siguió su camino, y hasta el día de hoy pulula el puente de caminantes, y el templo es el lugar más visitado de toda la tierra.
“En medio de esta solemnidad, de esta dicha, de este encanto, no se había notado que el sol brillaba ya plenamente y, de pronto, a través de la puerta abierta, varios objetos inesperados llamaron la atención de los que estaban allí. Una plaza grande y rodeada de columnas hacía de atrio, y en su extremo se veía un largo y magnífico puente que tendía sus muchos arcos sobre el río: tenía a ambos lados cómodas y suntuosas arcadas para los caminantes, que de a miles ya se encontraban allí, e iban y volvían atareados. El gran camino que había en el medio estaba animado por rebaños, mulas, jinetes y coches que por los dos lados, sin obstaculizarse mutuamente, iban y venían como torrentes. Todos parecían asombrados por la comodidad y suntuosidad; y el nuevo rey y su esposa estaban tan encantados por el movimiento y la vida de este gran pueblo, cuanto el mutuo amor los hacía felices.
‘¡Acuérdate con veneración de la serpiente!’ dijo el hombre de la lámpara; ‘tú le debes la vida, tus pueblos le deben el puente por medio del cual estas orillas vecinas se llenan de animación hasta convertirse en países y se unen. Esas piedras preciosas que flotan y brillan, los restos de su cuerpo sacrificado, son los pilares de este magnífico puente, sobre ellos se ha edificado a sí mismo y se ha de mantener a sí mismo.’
Quisieron exigirle que aclarara este maravilloso misterio, cuando entraron por la puerta del templo cuatro bellas muchachas. Por el arpa, la sombrilla y la silla plegadiza se reconoció inmediatamente a las acompañantes de azucena, pero la cuarta, más bella que las otras tres, era una desconocida que, bromeando fraternalmente con ellas, recorrió de prisa el templo y subió por las gradas de plata.
‘¿En lo futuro me creerás más, querida mujer?’ dijo a la belleza el hombre de la lámpara. ‘¡Dichosa tú y toda criatura que esta mañana se bañe en el río!’
La vieja rejuvenecida y embellecida, de cuyas anteriores formas corporales no habían quedado ni huellas, abrazó al hombre de la lámpara con brazos amistosos y juveniles, que recibió amistosamente sus caricias. ‘Si soy para ti demasiado viejo,’ dijo sonriendo, ‘puedes elegirte hoy otro esposo; a partir de hoy no es válido ningún matrimonio que no sea celebrado de nuevo.’
‘¿Pero no sabes,’ replicó ella, ‘que también tú te has vuelto más joven?’ –‘Me alegro de aparecer ante tus jóvenes ojos como un animoso joven; tomo de nuevo tu mano y viviré gustoso contigo en el milenio venidero.’
La reina dio la bienvenida a su nueva amiga y bajó, junto con ella y las restantes acompañantes, por el altar, mientras el rey, parado entre los dos hombres, miraba hacia el puente y contemplaba atentamente la muchedumbre del pueblo.
Pero su contento no duró mucho tiempo, pues vio un objeto que le provocó enojo por un instante. El gran gigante, que todavía no parecía haberse restablecido totalmente de su sueño matinal, avanzó a los tumbos por el puente y provocó allí un gran desorden. Se había levantado, como era habitual en él, borracho de sueño y pensaba bañarse en la conocida ensenada del río; pero en lugar de ella encontró tierra firme y anduvo a tientas sobre el amplio pavimento del puente. Si bien se metió de la más torpe manera por entre hombres y animales, su presencia causó por cierto el asombro de todos, mas no fue sentida por nadie, pero cuando el sol le dio en los ojos y él levantó la mano para protegerse, la sombra de su enorme puño se movió detrás de él tan violenta y torpemente por entre la muchedumbre, que grandes masas de hombres y animales se precipitaron, fueron dañadas y corrieron peligro de ser arrojadas al río.
El rey, cuando vio esta desdichada acción, hizo un movimiento involuntario para tomar la espada; pero reflexionó y observó con tranquilidad primero su cetro, después la lámpara y el remo de su acompañante. ‘Adivino tu pensamiento,’ dijo el hombre de la lámpara, ‘pero nosotros y nuestras fuerzas somos impotentes frente a este impotente. ¡Tranquilízate!, es la última vez que produce un daño y, felizmente, su sombra se ha apartado de nosotros.’
Entretanto el gigante se había acercado cada vez más, de asombro por lo que con sus ojos abiertos veía había dejado caer sus brazos, ya no hacía daño, y entró boquiabierto en el atrio.
Se dirigía precisamente a la puerta del templo cuando, de pronto, en el medio del patio, fue sujetado al suelo. Estaba parado allí como una estatua enorme, colosal, de brillante piedra rojiza; y su sombra indicaba las horas, que estaban marcadas en un círculo sobre el piso a su alrededor, no en cifras sino en nobles y significativas imágenes.
No poco se alegró el rey de ver la sombra del monstruo en una útil dirección; no poco se sorprendió la reina que, cuando adornada de la máxima magnificencia bajó del altar junto con sus doncellas, divisó la rara estatua que casi cubría la vista que desde el templo se tenía en dirección al puente.
Entretanto el pueblo se había apiñado en torno al gigante, pues este estaba quieto, lo había rodeado y contemplado con asombro su metamorfosis. Desde allí se dirigió la muchedumbre hacia el templo, cuya existencia sólo entonces pareció haber percibido, y atropelladamente se encaminó hacia la puerta.
En este momento se cernía el azor con el espejo, muy arriba, sobre la catedral, captó la luz del sol y la proyectó sobre el grupo que estaba sobre el altar. El rey, la reina y sus acompañantes aparecieron, en medio de la penumbra de la bóveda del templo, iluminados por un resplandor celestial, y el pueblo cayó de bruces. Cuando la muchedumbre se recuperó y se puso en pie, el rey y los suyos habían descendido del altar a fin de dirigirse, a través de ocultos salones, a su palacio, y el pueblo se dispersó por el templo para satisfacer su curiosidad. Contempló con asombro y respeto los tres reyes que estaban de pie; y sintió tanto más ansiedad por saber que podría ser lo que se ocultaba, con forma de terrón, bajo el tapiz, en el cuarto nicho. Pues, fuera quien fuere, una benévola modestia había extendido un magnífico manto sobre el rey postrado, manto que ningún ojo puede atravesar y que ninguna mano se atreve a levantar.
El pueblo habría contemplado y admirado interminablemente, y la curiosa muchedumbre hasta se habría aplastado a sí misma en el templo, si su atención no se hubiera desviado de nuevo hacia la gran plaza.
Inopinadamente, como del aire, cayeron sonoras monedas de oro sobre las losas de mármol, los caminantes que estaban más cerca se precipitaron hacia ellas para adueñarse de ellas; aisladamente se repitió el milagro, aquí y allá. Se entiende que los fuegos fatuos, que se retiraban, se divirtieron así una vez más, y derrocharon alegremente el oro que provenía de los miembros del rey postrado. Ansiosamente corrió el pueblo durante un tiempo más de un lado para el otro, se apretujó y se tironeó, aun cuando ya no caían monedas de oro. Por último se fue dispersando lentamente, siguió su camino, y hasta el día de hoy pulula el puente de caminantes, y el templo es el lugar más visitado de toda la tierra.
