INICIACIÓN (I)
En la vida humana no es raro ver y no ver, oír y no oír. La piedra angular pasa a nuestros ojos como un vulgar pedrusco. Este es el caso de la tradición oral y los cuentos que reflejan veladamente la sabiduría ancestral del animal humano. Sabiduría codificada de esa manera desde la insondable noche de los tiempos. Un cuento es en potencia un mito y viceversa. Una lejana luz que ilumina por unos instantes el oscuro abismo de la díada instinto-intelecto.
Goethe es el hombre que creó el mito del hombre fáustico: el que le vende su alma al diablo por la plenitud sensorial y… la Belleza. Goethe es también el autor del cuento de la Serpiente Verde y la Flor de Lis. Este mito del hombre de todas las épocas es un primer paso hacia la iniciación.
Según Rudolf Steiner, el cuento de Goethe refleja fielmente la evolución y la esencia del alma humana.[1] Siempre según Steiner, Goethe afirma que todo hombre tiene del mundo su propia representación particular en la que el significante siempre es diferente pero el significado es siempre el mismo. El significado es siempre el mismo porque la realidad objetiva es siempre la misma. Lo que varía es la facultad cognoscitiva individual.
Iniciar significa entonces elevar la facultad cognoscitiva para alcanzar una visión más profunda del mundo. El rasgo predominante de la obra de Goethe es el principio de la iniciación o principio del conocimiento en evolución. En este sentido el cuento de la Serpiente Verde es paradigmático.
Goethe rechaza absolutamente la idea de un conocimiento fundado exclusivamente sobre la representación mental, el pensamiento abstracto. Este es un rasgo esencial de su naturaleza: para descifrar el enigma del mundo el hombre debe ejercer toda su alma y sus facultades.
Para realizarse, el hombre debe aislar lo arbitrario de sus intenciones personales. Su esencia determina la dirección de su pensamiento y de su acción cuando el objeto no despierta ni simpatía ni antipatía y se refleja puramente en su pensamiento y sentimiento. Es por esto que Goethe introduce en su cuento los representantes de esas tres formas de iniciación:
El Rey de Oro: iniciación al conocimiento por el pensamiento.
El Rey de Plata: iniciación al conocimiento por el sentimiento objetivo.
El Rey de Bronce: iniciación al conocimiento por la voluntad.
Los cuentos nacen de la misma fuente que los mitos de las antiguas religiones. Jamás son elaborados por el pensamiento. Son los últimos vestigios de una arcaica clarividencia. Confrontado con el enigma de una parábola o un cuento, el hombre despierta una facultad perdida: la conciencia imaginativa. Imaginación que encierra la clave de ciertos enigmas de la vida.
En su cuento, Goethe presenta una síntesis de los fundamentos de la corriente de pensamiento esotérica y predice una nueva época de sabiduría en la que la riqueza espiritual estará al alcance de todos. He aquí una descripción esquemática del cuento seguida del texto original. Una noche de tormenta dos Fuegos Fatuos llegan a la orilla de un gran río. Allí encuentran un Barquero que los transporta al otro lado del río. El Barquero rechaza el oro que le ofrecen en pago y exige ser pagado con repollos, alcachofas y cebollas. El Barquero lanza el oro por una falla o fisura en la tierra en donde vive la Serpiente Verde quien, al comerse el oro, deviene luminosa y transparente. Veamos ahora la traducción del texto original en alemán por Oscar Caeiro:
“Junto al gran río, que acababa de crecer y de desbordarse por una fuerte lluvia, yacía en su pequeña choza, cansado por el esfuerzo del día, el viejo barquero, y dormía. En medio de la noche lo despertaron algunas voces fuertes; oyó que unos viajeros querían ser pasados al otro lado.
Cuando salió a la puerta vio dos grandes fuegos fatuos que flotaban sobre el bote que estaba atado al muelle y que le aseguraron que tenían mucho apuro y que deseaban estar ya en la otra orilla. El viejo no dudó; empujó el bote y atravesó el río con su habitual habilidad; entretanto los extraños cuchicheaban en un lenguaje desconocido y muy rápido, de tanto en tanto prorrumpían en una sonora carcajada; y saltaban ya sobre los bordes y bancos, ya sobre el piso del bote, de un lado para el otro.
‘¡El bote se balancea!’ gritó el viejo; ‘si sois tan inquietos, se puede tumbar, ¡sentaos, luces!’
Esta orden les arrancó una gran carcajada; se burlaron del anciano y estuvieron todavía más inquietos que antes. Él soportó con paciencia sus malos modales y llegó pronto a la otra orilla.
‘¡Aquí tenéis por la molestia que os habéis tomado!’ exclamaron los viajeros y, mientras se sacudían, cayeron muchas resplandecientes monedas de oro en el húmedo bote. ‘¡Por Dios, qué hacéis?’ gritó el viejo, ‘¡Me causáis la mayor desgracia! Si se cayera una sola moneda al agua el río, que no puede tolerar a este metal, se levantaría formando horribles olas, me devoraría a mí y devoraría el bote. ¡Y quién sabe qué habría sido de vosotros¡ ¡Recoged de nuevo vuestro dinero!’
‘No podemos recoger nada que hayamos sacudido’ replicaron aquellos.
‘Entonces me causáis todavía la molestia,’ dijo el viejo mientras se agachaba y juntaba en su gorra las monedad de oro, ‘de tener que recogerlas, llevarlas a tierra y enterrarlas.’
Los fuegos fatuos habían saltado del bote y el viejo gritó: ‘¿Dónde está mi paga?’
‘¡El que no acepta oro, que trabaje de balde!’ exclamaron las luces malas. –‘Tenéis que saber que a mí sólo se me puede pagar con frutos de la tierra.’ -¿Con frutos de la tierra? Los despreciamos y nunca hemos gustado de ellos.’ –‘Y sin embargo no puedo dejaros ir antes de que me prometáis entregarme tres repollos, tres alcachofas y tres cebollas grandes.’
Los fuegos fatuos, bromeando, quisieron escabullirse; pero se sintieron indescriptiblemente atados al suelo; fue la más desagradable sensación que hayan tenido jamás. Prometieron satisfacer a la brevedad la exigencia de él; los dejó ir y desatracó el bote. Ya se había alejado bastante cuando le gritaron: ‘¡Eh viejo! ¡Oíd viejo! ¡Hemos olvidado lo más importante!’. Él estaba lejos y no los oía. Se había dejado llevar aguas abajo por el mismo lado del río, a un lugar escarpado que nunca podía ser alcanzado por el agua y donde pensaba enterrar el peligroso oro. Allí, entre altas rocas, encontró un abismo enorme, arrojó el oro adentro y regresó a su choza.
En dicho abismo se encontraba la bella serpiente verde que, al oír el ruido que producían las monedad al caer, despertó de su sueño. No alcanzó a ver los luminosos discos cuando ya en el acto, y con gran avidez, los devoró; y buscó todas las monedas que se habían desparramado entre los matorrales y entre las grietas de las rocas.
No bien estuvieron tragadas, sintió ella, con la más agradable sensación, cómo el oro se derretía en sus entrañas y se difundía por todo su cuerpo, y para gran alegría suya notó que se había vuelto transparente y luminosa.” [2]
Gracias a la Serpiente Verde, los Fuegos Fatuos aprenden que la Bella Lilia, el objeto de su búsqueda, se encuentra en la otra orilla del gran río. Sólo hay dos formas de cruzar el río en sentido opuesto: cuando la serpiente se tiende de orilla a orilla en horas del mediodía, y de noche en la sombra del Gigante. Después que la Serpiente se ofrece a conducirlos de vuelta al mediodía, se introduce en una gruta en la que habitan cuatro estatuas reales. Las tres primeras están hechas respectivamente de oro, de plata y de bronce. La cuarta está compuesta de la mezcla de los tres metales. En ese momento llega a la gruta un viejo que lleva una lámpara. Él conoce tres secretos de los cuales el más importante es aquél que no se oculta, que se manifiesta. Pero no puede revelarlos hasta que conozca el cuarto secreto. Caeiro:
“Se creía capaz de iluminar con su propia luz esta maravillosa bóveda subterránea, y esperaba llegar a conocer perfectamente, de una sola vez, estos extraños objetos. Se apuró y pronto encontró en el camino de costumbre las grietas por las que solía deslizarse dentro del santuario.
Una vez que se encontró en el lugar miró con curiosidad a su alrededor, y aunque su brillo no podía iluminar todos los objetos de la rotonda, pudo ver con bastante claridad los que estaban más cerca. Con asombro y reverencia levantó la vista hacia un resplandeciente nicho en el que se encontraba la estatua de un venerable rey en oro puro. Según su medida era mayor que el tamaño humano, pero la figura humana que representaba era más bien la de un hombre pequeño, que no grande. Su cuerpo bien formado estaba cubierto por una sencilla capa, y una guirnalda hecha con ramas de roble apretaba sus cabellos.
Apenas había la serpiente comenzado a contemplar esta venerable estatua, cuando el rey empezó a hablar y preguntó: ‘¿De donde vienes?’-‘De las cimas,’ replicó la serpiente, ‘en las que habita el oro.’ –‘¿Qué es más magnífico que el oro?’ preguntó el rey. ‘La luz.’ Contestó la serpiente. ‘¿Qué es más reconfortante que la luz?’ preguntó aquél. ‘La conversación,’ contestó esta.
Mientras estaban hablando ella había mirado de reojo hacia el próximo nicho y había visto otra estatua magnífica. En este se encontraba un rey de plata de cuerpo esbelto y más bien escuálido, estaba cubierto con vestiduras muy adornadas, tenía adornados con piedras preciosas la corona, el cinturón y el cetro; tenía la alegría del orgullo en su rostro y parecía disponerse a hablar cuando, de pronto, una veta oscura que corría por la pared de mármol se iluminó de pronto y difundió una luz agradable por todo el templo. Con esta luz la serpiente vio al tercer rey que, con su enorme figura de bronce, estaba sentado, se apoyaba sobre su maza, estaba adornado con una corona de laurel y parecía ser más una roca que un hombre. Quiso ver en dirección hacia el cuarto, que estaba a gran distancia de ella, pero el muro se abrió debido a que la veta iluminada zigzagueó como un relámpago y desapareció.
Un hombre de mediana estatura, que salió en ese momento, atrajo hacia sí la atención de la serpiente. Estaba vestido como un campesino y llevaba en la mano una pequeña lámpara cuya quieta llama uno sentía placer de mirar y que, de un modo maravilloso, sin arrojar ni una sola sombra, iluminaba toda la catedral.
‘¿Por qué vienes, si nosotros tenemos luz?’ preguntó el rey de oro. –‘Sabéis muy bien que no me está permitido iluminar lo oscuro.’ – ‘¿Termina mi reino?’ preguntó el rey de plata. ‘Tarde o nunca.’ Replicó el viejo.
Con voz fuerte empezó a preguntar el rey de bronce: ‘¿Cuándo me levantaré?’. ‘Pronto’ replicó el anciano. ‘¿Con quien debo unirme?’ preguntó el rey. ‘Con tu hermano mayor,’ dijo el anciano. ‘¿Qué pasará con el menor?’ preguntó el rey. ‘Se sentará,’ dijo el anciano.
‘No estoy cansado,’ exclamó el cuarto rey con una voz áspera, balbuceante.
Mientras aquellos hablaban, la serpiente se había deslizado quedamente por el templo, había contemplado todo y observaba ahora desde cerca al cuarto rey. Estaba apoyado en una columna y su considerable corpulencia era más bien pesada que bella. Sólo que el metal del que estaba hecha su estatua no se podía distinguir bien. Observándolo bien era una mezcla de tres metales, de los tres de los que estaban formados sus hermanos. Pero parecía que al fundirse estas materias no se habían combinado bien: vetas de oro y plata pasaban irregularmente a través de una masa de bronce y daban a la estatua un aspecto desagradable.
Entretanto el rey de oro dijo al hombre: ‘¿Cuántos secretos sabes?’ –‘Tres,’ replicó el anciano. ‘¿Cual es el más importante?’ preguntó el rey de plata. ‘El que está patente,’ replicó el anciano. ‘¿Quieres revelárnoslo también a nosotros?’ preguntó el de bronce. ‘En cuanto sepa el cuarto,’ dijo el anciano. ‘¡Que me importa a mí!’ murmuró el agazapado rey.
‘Yo sé el cuarto,’ dijo la serpiente, se acercó al viejo y le susurró algo al oído. ‘¡Ya es tiempo!’ exclamó el anciano con fuerte voz. El templo resonó, las columnas metálicas también produjeron un sonido, y en ese instante el anciano se hundió hacia el oeste y la serpiente hacia el este, y cada uno atravesó a gran velocidad el abismo de rocas. “[3]
Tiempo después, un grupo formado por la esposa del viejo, los dos fuegos fatuos, un joven caballero y la serpiente verde llegan al jardín de Lilia. En un arrebato de pasión el caballero muere al intentar abrazarla. El contacto con la bella lo mata al instante. Traducción de Caeiro:
“ ‘Sea de ello lo que fuere’, dijo la serpiente mientras proseguía la conversación interrumpida, ‘el templo ya está edificado.’
‘Pero todavía no está junto al río,’ replicó la belleza.
‘Todavía descansa en las profundidades de la tierra,’ dijo la serpiente, ‘he visto a los reyes y he hablado con ellos.’
‘Pero, ¿Cuándo se levantarán? Preguntó azucena.
La serpiente replicó: ‘Oí resonar en el templo las grandes palabras: ‘Ya es tiempo’.
Una admirable alegría se extendió por el rostro de la belleza. ‘Pues si hoy escucho’, dijo, ‘por segunda vez las felices palabras; ¿cuándo será el día en que las escuche tres veces?’
Se levantó, y en el acto salió del soto una encantadora doncella que le tomó el arpa. Le siguió otra que plegó la silla de marfil labrado sobre la que había estado sentada la belleza, y que tomó bajo el brazo el almohadón de plata. Una tercera, que llevaba una gran sombrilla bordada con perlas, se mostró de inmediato, a la espera de si azucena necesitaba de elle en su paseo. Estas tres doncellas eran bellas y encantadoras más de lo que se puede expresar, y sin embargo aumentaban más todavía la belleza de la azucena, pues todos tenían que reconocer que no se podían en absoluto comparar con ella.
Con complacencia había contemplado entretanto la bella azucena al maravilloso Mops. Se inclinó, lo tocó, y en ese instante él dio un salto. (…) Esta alegría, estas agradables jugarretas, fueron interrumpidas por la llegada del joven triste. Entró tal como lo conocemos; sólo que parecía que el calor del día lo había extenuado todavía más, y, en presencia de la amada, se fue poniendo, a cada momento, más y más pálido. Tenía en la mano en azor que estaba serenamente posado como una paloma y dejaba colgar las alas.
‘No es muy amistoso de tu parte,’ exclamó azucena, ‘que me pongas ante los ojos el odioso animal, el monstruo que ha matado hoy a mi pequeño cantor.’
‘¡No increpes al desdichado pájaro!’ replicó el joven; ‘acúsate más bien a tí misma y al destino, y concédeme que haga compañía al camarada de mi miseria.’
Entretanto Mops no dejaba de acariciar a la belleza, y ella respondía al transparente preferido con el más amistoso comportamiento. Palmoteaba para ahuyentarlo; luego corría para atraerlo de nuevo a sí. Trataba de atraparlo cuando se escabullía, y lo echaba de sí cuando él intentaba estrecharse contra ella. El joven contempla esto en silencio y con creciente disgusto, pero, finalmente, cuando ella tomó en sus brazos al feo animal, que a él le resultaba decididamente repugnante, lo oprimió contra su blanco pecho, y besó con sus celestiales labios el negro hocico, él perdió la paciencia y exclamó lleno de desesperación: ‘Yo. Que por un triste destino tengo que vivir en tu presencia separado quizá para siempre, que al perderte a tí me he perdido a mí mismo, he perdido todo, ¿tengo yo que ver con mis ojos que un engendro tan contrahecho te dé alegría, suscite tu afecto y pueda gozar de tus abrazos? He de seguir por más tiempo yendo de un lado para el otro y como trazando un triste círculo desde el río y hacia el río? ¡No, todavía hay en mi pecho una chispa del viejo heroísmo; en este instante se levanta y forma la última llama! Si las piedras pueden descansar en tu pecho, que me transforme en piedra; si tu contacto mata, quiero morir en tus manos.’
Al decir estas palabras hizo un movimiento violento, el azor voló de su mano, pero él se precipitó hacia la belleza; ella extendió la mano para detenerlo y lo tocó así más pronto. El perdió la conciencia, con horror, ella sintió sobre su pecho la bella carga. Dando un grito se apartó de ella, y el querido joven se desplomó exánime por entre los brazos de ella sobre la tierra.
¡Había ocurrido la desgracia!”[4]
[1] Steiner, Rudolf, L’esprit de Goethe, Alice Sauerwein, Paris, 1926. Traduction de Germaine Claretie.
[2] Goethe, Johan Wolfgang, Conversaciones de los emigrados alemanes, Goncourt, Buenos aires, 1979. Traducción y epílogo de Oscar Caeiro.
[3] Ibid., p. 86.
[4] Ibid., p. 95-96.
En la vida humana no es raro ver y no ver, oír y no oír. La piedra angular pasa a nuestros ojos como un vulgar pedrusco. Este es el caso de la tradición oral y los cuentos que reflejan veladamente la sabiduría ancestral del animal humano. Sabiduría codificada de esa manera desde la insondable noche de los tiempos. Un cuento es en potencia un mito y viceversa. Una lejana luz que ilumina por unos instantes el oscuro abismo de la díada instinto-intelecto.
Goethe es el hombre que creó el mito del hombre fáustico: el que le vende su alma al diablo por la plenitud sensorial y… la Belleza. Goethe es también el autor del cuento de la Serpiente Verde y la Flor de Lis. Este mito del hombre de todas las épocas es un primer paso hacia la iniciación.
Según Rudolf Steiner, el cuento de Goethe refleja fielmente la evolución y la esencia del alma humana.[1] Siempre según Steiner, Goethe afirma que todo hombre tiene del mundo su propia representación particular en la que el significante siempre es diferente pero el significado es siempre el mismo. El significado es siempre el mismo porque la realidad objetiva es siempre la misma. Lo que varía es la facultad cognoscitiva individual.
Iniciar significa entonces elevar la facultad cognoscitiva para alcanzar una visión más profunda del mundo. El rasgo predominante de la obra de Goethe es el principio de la iniciación o principio del conocimiento en evolución. En este sentido el cuento de la Serpiente Verde es paradigmático.
Goethe rechaza absolutamente la idea de un conocimiento fundado exclusivamente sobre la representación mental, el pensamiento abstracto. Este es un rasgo esencial de su naturaleza: para descifrar el enigma del mundo el hombre debe ejercer toda su alma y sus facultades.
Para realizarse, el hombre debe aislar lo arbitrario de sus intenciones personales. Su esencia determina la dirección de su pensamiento y de su acción cuando el objeto no despierta ni simpatía ni antipatía y se refleja puramente en su pensamiento y sentimiento. Es por esto que Goethe introduce en su cuento los representantes de esas tres formas de iniciación:
El Rey de Oro: iniciación al conocimiento por el pensamiento.
El Rey de Plata: iniciación al conocimiento por el sentimiento objetivo.
El Rey de Bronce: iniciación al conocimiento por la voluntad.
Los cuentos nacen de la misma fuente que los mitos de las antiguas religiones. Jamás son elaborados por el pensamiento. Son los últimos vestigios de una arcaica clarividencia. Confrontado con el enigma de una parábola o un cuento, el hombre despierta una facultad perdida: la conciencia imaginativa. Imaginación que encierra la clave de ciertos enigmas de la vida.
En su cuento, Goethe presenta una síntesis de los fundamentos de la corriente de pensamiento esotérica y predice una nueva época de sabiduría en la que la riqueza espiritual estará al alcance de todos. He aquí una descripción esquemática del cuento seguida del texto original. Una noche de tormenta dos Fuegos Fatuos llegan a la orilla de un gran río. Allí encuentran un Barquero que los transporta al otro lado del río. El Barquero rechaza el oro que le ofrecen en pago y exige ser pagado con repollos, alcachofas y cebollas. El Barquero lanza el oro por una falla o fisura en la tierra en donde vive la Serpiente Verde quien, al comerse el oro, deviene luminosa y transparente. Veamos ahora la traducción del texto original en alemán por Oscar Caeiro:
“Junto al gran río, que acababa de crecer y de desbordarse por una fuerte lluvia, yacía en su pequeña choza, cansado por el esfuerzo del día, el viejo barquero, y dormía. En medio de la noche lo despertaron algunas voces fuertes; oyó que unos viajeros querían ser pasados al otro lado.
Cuando salió a la puerta vio dos grandes fuegos fatuos que flotaban sobre el bote que estaba atado al muelle y que le aseguraron que tenían mucho apuro y que deseaban estar ya en la otra orilla. El viejo no dudó; empujó el bote y atravesó el río con su habitual habilidad; entretanto los extraños cuchicheaban en un lenguaje desconocido y muy rápido, de tanto en tanto prorrumpían en una sonora carcajada; y saltaban ya sobre los bordes y bancos, ya sobre el piso del bote, de un lado para el otro.
‘¡El bote se balancea!’ gritó el viejo; ‘si sois tan inquietos, se puede tumbar, ¡sentaos, luces!’
Esta orden les arrancó una gran carcajada; se burlaron del anciano y estuvieron todavía más inquietos que antes. Él soportó con paciencia sus malos modales y llegó pronto a la otra orilla.
‘¡Aquí tenéis por la molestia que os habéis tomado!’ exclamaron los viajeros y, mientras se sacudían, cayeron muchas resplandecientes monedas de oro en el húmedo bote. ‘¡Por Dios, qué hacéis?’ gritó el viejo, ‘¡Me causáis la mayor desgracia! Si se cayera una sola moneda al agua el río, que no puede tolerar a este metal, se levantaría formando horribles olas, me devoraría a mí y devoraría el bote. ¡Y quién sabe qué habría sido de vosotros¡ ¡Recoged de nuevo vuestro dinero!’
‘No podemos recoger nada que hayamos sacudido’ replicaron aquellos.
‘Entonces me causáis todavía la molestia,’ dijo el viejo mientras se agachaba y juntaba en su gorra las monedad de oro, ‘de tener que recogerlas, llevarlas a tierra y enterrarlas.’
Los fuegos fatuos habían saltado del bote y el viejo gritó: ‘¿Dónde está mi paga?’
‘¡El que no acepta oro, que trabaje de balde!’ exclamaron las luces malas. –‘Tenéis que saber que a mí sólo se me puede pagar con frutos de la tierra.’ -¿Con frutos de la tierra? Los despreciamos y nunca hemos gustado de ellos.’ –‘Y sin embargo no puedo dejaros ir antes de que me prometáis entregarme tres repollos, tres alcachofas y tres cebollas grandes.’
Los fuegos fatuos, bromeando, quisieron escabullirse; pero se sintieron indescriptiblemente atados al suelo; fue la más desagradable sensación que hayan tenido jamás. Prometieron satisfacer a la brevedad la exigencia de él; los dejó ir y desatracó el bote. Ya se había alejado bastante cuando le gritaron: ‘¡Eh viejo! ¡Oíd viejo! ¡Hemos olvidado lo más importante!’. Él estaba lejos y no los oía. Se había dejado llevar aguas abajo por el mismo lado del río, a un lugar escarpado que nunca podía ser alcanzado por el agua y donde pensaba enterrar el peligroso oro. Allí, entre altas rocas, encontró un abismo enorme, arrojó el oro adentro y regresó a su choza.
En dicho abismo se encontraba la bella serpiente verde que, al oír el ruido que producían las monedad al caer, despertó de su sueño. No alcanzó a ver los luminosos discos cuando ya en el acto, y con gran avidez, los devoró; y buscó todas las monedas que se habían desparramado entre los matorrales y entre las grietas de las rocas.
No bien estuvieron tragadas, sintió ella, con la más agradable sensación, cómo el oro se derretía en sus entrañas y se difundía por todo su cuerpo, y para gran alegría suya notó que se había vuelto transparente y luminosa.” [2]
Gracias a la Serpiente Verde, los Fuegos Fatuos aprenden que la Bella Lilia, el objeto de su búsqueda, se encuentra en la otra orilla del gran río. Sólo hay dos formas de cruzar el río en sentido opuesto: cuando la serpiente se tiende de orilla a orilla en horas del mediodía, y de noche en la sombra del Gigante. Después que la Serpiente se ofrece a conducirlos de vuelta al mediodía, se introduce en una gruta en la que habitan cuatro estatuas reales. Las tres primeras están hechas respectivamente de oro, de plata y de bronce. La cuarta está compuesta de la mezcla de los tres metales. En ese momento llega a la gruta un viejo que lleva una lámpara. Él conoce tres secretos de los cuales el más importante es aquél que no se oculta, que se manifiesta. Pero no puede revelarlos hasta que conozca el cuarto secreto. Caeiro:
“Se creía capaz de iluminar con su propia luz esta maravillosa bóveda subterránea, y esperaba llegar a conocer perfectamente, de una sola vez, estos extraños objetos. Se apuró y pronto encontró en el camino de costumbre las grietas por las que solía deslizarse dentro del santuario.
Una vez que se encontró en el lugar miró con curiosidad a su alrededor, y aunque su brillo no podía iluminar todos los objetos de la rotonda, pudo ver con bastante claridad los que estaban más cerca. Con asombro y reverencia levantó la vista hacia un resplandeciente nicho en el que se encontraba la estatua de un venerable rey en oro puro. Según su medida era mayor que el tamaño humano, pero la figura humana que representaba era más bien la de un hombre pequeño, que no grande. Su cuerpo bien formado estaba cubierto por una sencilla capa, y una guirnalda hecha con ramas de roble apretaba sus cabellos.
Apenas había la serpiente comenzado a contemplar esta venerable estatua, cuando el rey empezó a hablar y preguntó: ‘¿De donde vienes?’-‘De las cimas,’ replicó la serpiente, ‘en las que habita el oro.’ –‘¿Qué es más magnífico que el oro?’ preguntó el rey. ‘La luz.’ Contestó la serpiente. ‘¿Qué es más reconfortante que la luz?’ preguntó aquél. ‘La conversación,’ contestó esta.
Mientras estaban hablando ella había mirado de reojo hacia el próximo nicho y había visto otra estatua magnífica. En este se encontraba un rey de plata de cuerpo esbelto y más bien escuálido, estaba cubierto con vestiduras muy adornadas, tenía adornados con piedras preciosas la corona, el cinturón y el cetro; tenía la alegría del orgullo en su rostro y parecía disponerse a hablar cuando, de pronto, una veta oscura que corría por la pared de mármol se iluminó de pronto y difundió una luz agradable por todo el templo. Con esta luz la serpiente vio al tercer rey que, con su enorme figura de bronce, estaba sentado, se apoyaba sobre su maza, estaba adornado con una corona de laurel y parecía ser más una roca que un hombre. Quiso ver en dirección hacia el cuarto, que estaba a gran distancia de ella, pero el muro se abrió debido a que la veta iluminada zigzagueó como un relámpago y desapareció.
Un hombre de mediana estatura, que salió en ese momento, atrajo hacia sí la atención de la serpiente. Estaba vestido como un campesino y llevaba en la mano una pequeña lámpara cuya quieta llama uno sentía placer de mirar y que, de un modo maravilloso, sin arrojar ni una sola sombra, iluminaba toda la catedral.
‘¿Por qué vienes, si nosotros tenemos luz?’ preguntó el rey de oro. –‘Sabéis muy bien que no me está permitido iluminar lo oscuro.’ – ‘¿Termina mi reino?’ preguntó el rey de plata. ‘Tarde o nunca.’ Replicó el viejo.
Con voz fuerte empezó a preguntar el rey de bronce: ‘¿Cuándo me levantaré?’. ‘Pronto’ replicó el anciano. ‘¿Con quien debo unirme?’ preguntó el rey. ‘Con tu hermano mayor,’ dijo el anciano. ‘¿Qué pasará con el menor?’ preguntó el rey. ‘Se sentará,’ dijo el anciano.
‘No estoy cansado,’ exclamó el cuarto rey con una voz áspera, balbuceante.
Mientras aquellos hablaban, la serpiente se había deslizado quedamente por el templo, había contemplado todo y observaba ahora desde cerca al cuarto rey. Estaba apoyado en una columna y su considerable corpulencia era más bien pesada que bella. Sólo que el metal del que estaba hecha su estatua no se podía distinguir bien. Observándolo bien era una mezcla de tres metales, de los tres de los que estaban formados sus hermanos. Pero parecía que al fundirse estas materias no se habían combinado bien: vetas de oro y plata pasaban irregularmente a través de una masa de bronce y daban a la estatua un aspecto desagradable.
Entretanto el rey de oro dijo al hombre: ‘¿Cuántos secretos sabes?’ –‘Tres,’ replicó el anciano. ‘¿Cual es el más importante?’ preguntó el rey de plata. ‘El que está patente,’ replicó el anciano. ‘¿Quieres revelárnoslo también a nosotros?’ preguntó el de bronce. ‘En cuanto sepa el cuarto,’ dijo el anciano. ‘¡Que me importa a mí!’ murmuró el agazapado rey.
‘Yo sé el cuarto,’ dijo la serpiente, se acercó al viejo y le susurró algo al oído. ‘¡Ya es tiempo!’ exclamó el anciano con fuerte voz. El templo resonó, las columnas metálicas también produjeron un sonido, y en ese instante el anciano se hundió hacia el oeste y la serpiente hacia el este, y cada uno atravesó a gran velocidad el abismo de rocas. “[3]
Tiempo después, un grupo formado por la esposa del viejo, los dos fuegos fatuos, un joven caballero y la serpiente verde llegan al jardín de Lilia. En un arrebato de pasión el caballero muere al intentar abrazarla. El contacto con la bella lo mata al instante. Traducción de Caeiro:
“ ‘Sea de ello lo que fuere’, dijo la serpiente mientras proseguía la conversación interrumpida, ‘el templo ya está edificado.’
‘Pero todavía no está junto al río,’ replicó la belleza.
‘Todavía descansa en las profundidades de la tierra,’ dijo la serpiente, ‘he visto a los reyes y he hablado con ellos.’
‘Pero, ¿Cuándo se levantarán? Preguntó azucena.
La serpiente replicó: ‘Oí resonar en el templo las grandes palabras: ‘Ya es tiempo’.
Una admirable alegría se extendió por el rostro de la belleza. ‘Pues si hoy escucho’, dijo, ‘por segunda vez las felices palabras; ¿cuándo será el día en que las escuche tres veces?’
Se levantó, y en el acto salió del soto una encantadora doncella que le tomó el arpa. Le siguió otra que plegó la silla de marfil labrado sobre la que había estado sentada la belleza, y que tomó bajo el brazo el almohadón de plata. Una tercera, que llevaba una gran sombrilla bordada con perlas, se mostró de inmediato, a la espera de si azucena necesitaba de elle en su paseo. Estas tres doncellas eran bellas y encantadoras más de lo que se puede expresar, y sin embargo aumentaban más todavía la belleza de la azucena, pues todos tenían que reconocer que no se podían en absoluto comparar con ella.
Con complacencia había contemplado entretanto la bella azucena al maravilloso Mops. Se inclinó, lo tocó, y en ese instante él dio un salto. (…) Esta alegría, estas agradables jugarretas, fueron interrumpidas por la llegada del joven triste. Entró tal como lo conocemos; sólo que parecía que el calor del día lo había extenuado todavía más, y, en presencia de la amada, se fue poniendo, a cada momento, más y más pálido. Tenía en la mano en azor que estaba serenamente posado como una paloma y dejaba colgar las alas.
‘No es muy amistoso de tu parte,’ exclamó azucena, ‘que me pongas ante los ojos el odioso animal, el monstruo que ha matado hoy a mi pequeño cantor.’
‘¡No increpes al desdichado pájaro!’ replicó el joven; ‘acúsate más bien a tí misma y al destino, y concédeme que haga compañía al camarada de mi miseria.’
Entretanto Mops no dejaba de acariciar a la belleza, y ella respondía al transparente preferido con el más amistoso comportamiento. Palmoteaba para ahuyentarlo; luego corría para atraerlo de nuevo a sí. Trataba de atraparlo cuando se escabullía, y lo echaba de sí cuando él intentaba estrecharse contra ella. El joven contempla esto en silencio y con creciente disgusto, pero, finalmente, cuando ella tomó en sus brazos al feo animal, que a él le resultaba decididamente repugnante, lo oprimió contra su blanco pecho, y besó con sus celestiales labios el negro hocico, él perdió la paciencia y exclamó lleno de desesperación: ‘Yo. Que por un triste destino tengo que vivir en tu presencia separado quizá para siempre, que al perderte a tí me he perdido a mí mismo, he perdido todo, ¿tengo yo que ver con mis ojos que un engendro tan contrahecho te dé alegría, suscite tu afecto y pueda gozar de tus abrazos? He de seguir por más tiempo yendo de un lado para el otro y como trazando un triste círculo desde el río y hacia el río? ¡No, todavía hay en mi pecho una chispa del viejo heroísmo; en este instante se levanta y forma la última llama! Si las piedras pueden descansar en tu pecho, que me transforme en piedra; si tu contacto mata, quiero morir en tus manos.’
Al decir estas palabras hizo un movimiento violento, el azor voló de su mano, pero él se precipitó hacia la belleza; ella extendió la mano para detenerlo y lo tocó así más pronto. El perdió la conciencia, con horror, ella sintió sobre su pecho la bella carga. Dando un grito se apartó de ella, y el querido joven se desplomó exánime por entre los brazos de ella sobre la tierra.
¡Había ocurrido la desgracia!”[4]
[1] Steiner, Rudolf, L’esprit de Goethe, Alice Sauerwein, Paris, 1926. Traduction de Germaine Claretie.
[2] Goethe, Johan Wolfgang, Conversaciones de los emigrados alemanes, Goncourt, Buenos aires, 1979. Traducción y epílogo de Oscar Caeiro.
[3] Ibid., p. 86.
[4] Ibid., p. 95-96.

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