miércoles, 13 de mayo de 2009

INICIACIÓN (II)

INICIACIÓN (II)
La máxima desgracia es precursora de la máxima felicidad… cuando llega la hora.

Para salvar al caballero de la muerte la serpiente verde decide sacrificarse. Traducción:

“La serpiente se movió en cambio tanto más activamente; parecía buscar una salvación, y sus extraños movimientos sirvieron realmente por lo menos para impedir por un tiempo las inminentes y horribles consecuencias de la desgracia. Trazó con su flexible cuerpo un amplio círculo en torno al cadáver, tomó con sus dientes la punta de su cola y se quedó quieta. (…) ‘¿Quien nos trae al hombre con la lámpara antes de que se ponga el sol?’ susurró quedamente la serpiente, pero de tal manera que se oía, las doncellas se miraron y las lágrimas de azucena aumentaron. En este momento regresó sin aliento la mujer del canasto. ‘¡Estoy perdida y mutilada!’ exclamó; ‘¡mirad cómo mi mano casi ya ha desaparecido por completo! Ni el barquero ni el gigante me quisieron trasladar, porque soy todavía deudora del agua, en vano he ofrecido cien repollos y cien cebollas, sólo se quiere un ejemplar de cada una de las tres plantas, y en estas comarcas no se puede encontrar ni una alcachofa.
‘¡Olvidad vuestra necesidad’, dijo la serpiente, y tratad de ayudar aquí, quizá al mismo tiempo se os pueda ayudar a vos! Apuraos todo lo que podáis para buscar a los fuegos fatuos; todavía está muy claro para verlos, pero quizá los oís reír y revolotear. Si ellos se apuran el gigante los ha de hacer cruzar el río, y podrán encontrar al hombre de la lámpara y enviarlo.’
La mujer se apresuró todo lo que pudo; y la serpiente pareció esperar con la misma impaciencia que la azucena el regreso de ambos. Por desgracia los rayos del sol poniente doraban ya solamente las más altas copas de los árboles del bosque, y largas sombras se extendían sobre el lago y la pradera; la serpiente se movía con impaciencia y azucena se deshacía en llantos.
En medio de esta angustiosa situación miraba la serpiente hacia todos lados pues temía a cada momento que el sol se pusiera y la descomposición del cuerpo atravesara el círculo mágico y atacara inconteniblemente al bello joven. Finalmente divisó, muy arriba en los aires, al azor, cuyo pecho recibía los últimos rayos del sol. Se sacudió de alegría ante esta buena señal, y no se engañaba: pues poco después se vio al hombre de la lámpara deslizarse por sobre el lago como si fuera sobre patines.
La serpiente no cambió de posición, pero la azucena se irguió y le gritó: ‘¿Qué buen espíritu es el que te envía justo en el momento en que tanto te anhelamos y tanto necesitamos de ti?’
‘El espíritu de mi lámpara’, replicó el viejo, ‘es el que me impulsa, y el azor me guía aquí. Ella empieza a crepitar y a echar chispas cuando se me necesita, y miro entonces el cielo a mi alrededor en busca de alguna señal; algún pájaro o meteoro me señala la parte del cielo adonde debo dirigirme. ¡Tranquilízate, bella muchacha! No sé si puedo ayudar; un individuo no ayuda, sino quien se une con muchos a la hora adecuada. Posterguemos y esperemos. Mantén cerrado tu círculo,’ prosiguió mientras se dirigía a la serpiente, se sentaba junto a ella sobre un montículo de tierra e iluminaba el cuerpo muerto. ‘¡Trae también al gracioso canario, y ponlo dentro del círculo!’ Las doncellas tomaron del canasto el pequeño cadáver, pues la anciana había dejado allí el canasto, y obedecieron al hombre.
Entretanto el sol se había puesto y, como creciera la oscuridad, empezaron, empezaron a irradiar luz no sólo la serpiente y la lámpara del hombre a su manera, sino que también el velo de azucena emitió una dulce luz que, como delicado rosicler, coloreó con infinita gracia sus pálidas mejillas y su blanca vestidura. Se miraron mutuamente y se contemplaron con tranquilidad; una segura esperanza hizo que disminuyeran la preocupación y la tristeza.
De ahí que no fuera desagradable que apareciera la vieja mujer acompañada por las dos animosas llamas, que tenían que haber derrochado mucho pues se habían vuelto de nuevo extremadamente estrechas; pero que se comportaron tanto más finamente con la princesa y las otras mujeres. Con la mayor seguridad y muy expresivamente dijeron cosas bastante habituales; se mostraron bastante sensibles para el encanto que el velo luminoso difundía sobre la azucena y sus acompañantes. Modestamente bajaron la vista las mujeres y la alabanza de su belleza las embelleció realmente. Todos estaban contentos y tranquilos menos la anciana. A pesar de que el marido le había asegurado que su mano no podría seguir disminuyendo mientras estuviera iluminada por una lámpara, afirmó más de una vez que, si todo seguía así, este noble miembro de su cuerpo desaparecería por completo antes de medianoche.
El viejo de la lámpara había escuchado atentamente la conversación de los fuegos fatuos y estaba contento de que azucena hubiera sido distraída y alegrada por dicho coloquio. Y realmente se había hecho de noche sin que nadie supiera cómo. El viejo observó las estrellas y comenzó a hablar: ‘Nos hemos reunido en una hora dichosa, cada uno cumpla con su oficio, cada cual cumpla con su deber, y una dicha común disipará los dolores individuales, así como una desgracia común consume las alegrías individuales.’
Luego de estas palabras se produjo un extraño ruido, pues todos los personajes que estaban presentes empezaron a hablar y manifestaron en voz alta lo que tendrían que hacer, sólo las tres doncellas se quedaron calladas; una se había dormido junto al arpa, la otra junto a la sombrilla, la tercera junto al sillón, y no se les podía reprochar esto, pues era tarde. Los ardientes jóvenes, luego de haber dirigido algunas pasajeras cortesías a las servidoras, se consagraron finalmente sólo a la azucena, como que era la más hermosa.
‘Toma el espejo’, dijo el viejo al azor, ‘e ilumina con el premier rayo de sol a las durmientes, ¡y despiértalas con la luz reflejada desde las alturas!’
La serpiente comenzó entonces a moverse, rompió el círculo y se desplazó lentamente, formando grandes círculos, en dirección al río. Solemnemente la siguieron los dos fuegos fatuos, y uno los habría considerado como las más serias llamas. La anciana y su marido tomaron el canasto, cuya dulce luz apenas se había notado hasta ese momento; lo tomaron de los dos lados y se fue haciendo cada vez más grande y luminoso; levantaron en él el cadáver del joven y le pusieron sobre el pecho el canario; el canasto se elevó a las alturas y flotó sobre la cabeza de la anciana y ella siguió a pie a los fuegos fatuos. La bella azucena tomó en sus brazos a Mops y siguió a la anciana, el hombre de la lámpara cerró el cortejo; y la comarca se iluminó de la más extraña manera por todas estas luces.
Pero el grupo, con no pequeño asombro, vio al llegar al río que sobre este se extendía un magnifico arco por medio del cual la benéfica serpiente les preparaba un brillante camino. Si durante el día se había admirado las transparentes piedras preciosas de que parecía compuesto el puente, se contemplaba de noche con asombro su brillante magnificencia. Hacia arriba el círculo luminoso se recortaba claramente sobre el cielo oscuro; pero hacia abajo brotaban vívidos rayos en dirección al centro y mostraban la móvil firmeza de la construcción. El cortejo cruzó lentamente, y el barquero, que desde lejos, desde su choza, miraba, contemplaba con asombro el círculo luminoso y las extrañas luces que se desplazaban por encima de él.
No bien llegaron a la otra orilla, cuando el arco del puente empezó a balancearse a su manera y a acercarse como formando ondas al agua. La serpiente se desplazó de inmediato a tierra, el canasto bajó al suelo; y la serpiente volvió a trazar su círculo; el anciano se inclinó hacia ella y dijo: ‘¿Qué has decidido?’
‘Sacrificarme antes de ser sacrificada.’ Replicó la serpiente; ‘prométeme que no has de dejar ninguna piedra sobre la tierra’.
El viejo lo prometió, y dijo inmediatamente a la bella azucena: ¡Toca la serpiente con la mano izquierda, y a tu amado con la derecha!’ Azucena se arrodilló y tocó la serpiente y el cadáver. En ese instante éste pareció volver a la vida; se movió dentro del canasto, se levantó, se sentó. Azucena quiso abrazarlo, pero el anciano la detuvo, ayudó en cambio al joven a pararse y lo guió para que saliera del canasto y del círculo.
El joven estaba de pie; el canario aleteaba sobre su hombro, había de nuevo vida en ambos, pero el espíritu todavía no había vuelto: el bello amigo tenía los ojos abiertos y no veía, al menos parecía ver todo sin manifestar ningún interés; y en cuanto disminuyó algo el asombro que causaba este suceso, se empezó sólo entonces a notar cuan extrañamente se había transformado la serpiente. Su bello, esbelto cuerpo, se había desintegrado en miles y miles de luminosas piedras preciosas. Por un descuido la anciana, que quería alzar su canasto, había chocado contra el cuerpo de ella, y ya no se veía nada de la forma de la serpiente, sólo quedaba sobre el césped un bello círculo de luminosas piedras preciosas.”[5]

El sacrificio de la serpiente verde da lugar a una serie de eventos que culminan con la aparición de un templo y de un puente que une las dos orillas del gran río. Traducción:

“Como estrellas luminosas y brillantes se fueron las piedras flotando sobre la corriente, y no se pudo distinguir si se perdieron en la lejanía o se hundieron.
‘Señores míos,’ dijo el viejo respetuosamente dirigiéndose a los fuegos fatuos, ‘ahora les muestro el camino y les indico el paso, pero ustedes nos harán el mayor servicio si nos abren la puerta del santuario por la que tenemos que entrar, y que nadie fuera de ustedes puede abrir.’
Los fuegos fatuos se inclinaron respetuosamente y se quedaron atrás. El viejo de la lámpara se adelantó hacia la roca que se abría ante él. El joven lo siguió como mecánicamente, tranquila e indecisa se mantenía azucena a cierta distancia detrás de él; la anciana no quiso quedarse atrás y extendió la mano para que la pudiera iluminar la luz de la lámpara de su marido. Los fuegos fatuos cerraron el cortejo, mientras las puntas de sus llamas se acercaban y parecían hablar entre sí.
No habían andado mucho tiempo cuando el cortejo se encontró ante una gran puerta de bronce cuyas hojas estaban cerradas con un cerrojo de oro. El anciano llamó inmediatamente a los fuegos fatuos, que no se hicieron de rogar mucho tiempo sino que, solícitamente, gastaron con sus más agudas llamas la cerradura y el pasador.
Un fuerte ruido produjo el bronce cuando las puertas se abrieron prontamente y aparecieron en el sagrario las dignas estatuas de los reyes iluminadas por las luces que penetraban. Todos se inclinaron ante los venerables señores, los fuegos fatuos, en especial, no omitieron curvas reverencias.
Luego de una pausa el rey de oro preguntó: ‘¿De donde venís?’. ‘Del mundo,’ contestó el viejo. ‘¿Adónde vais?’ preguntó el rey de plata. ‘Al mundo,’ dijo el viejo. ¿Para qué nos queréis a nosotros?’ preguntó el rey de bronce. ‘Para acompañaros,’ dijo el viejo.
El rey hecho de mezcla quiso empezar a hablar en este momento, cuando el de oro dijo a los fuegos fatuos, que se habían acercado demasiado a él: ‘¡Apartaos de mí, mi oro no es para vuestro gaznate!’. Se volvieron entonces hacia el de plata y se estrecharon contra él, sus vestiduras brillaban bellamente bajo el reflejo amarillento. ‘Bienvenidos,’ dijo él, ‘pero no os puedo alimentar, ¡nutríos fuera y traedme vuestra luz!’ Se alejaron y se deslizaron delante del de bronce, que pareció no notarlos, hacia el que estaba formado por una mezcla. ‘¿Quién ha de dominar el mundo?’ exclamó éste con voz temblorosa. ‘El que se pare sobre sus pies,’ contestó el viejo. ‘¡Ese soy yo! Dijo el rey mezclado. ‘Se producirá la revelación,’ dijo el viejo; ‘pues ya es tiempo.’
La bella azucena se arrojó al cuello del anciano y lo besó muy afectuosamente. ‘Santo padre,’ dijo, ‘mil veces te agradezco, pues por tercera vez escucho las misteriosas palabras.’ No bien hubo terminado de hablar cuando se asió todavía con más fuerza del anciano, pues el suelo empezó a temblar bajo sus pies; también la anciana y el joven se sostenían mutuamente, sólo los movedizos fuegos fatuos no notaron nada.
Se podía sentir claramente que todo el templo se movía como un barco que suavemente se aleja del puerto cuando se han levado las anclas; las profundidades de la tierra parecían abrirse ante él mientras avanzaba. No chocaba contra nada, ninguna roca se le atravesaba en el camino.
Por unos pocos instantes una fina lluvia pareció penetrar por la abertura de la cúpula, el viejo sostuvo con más fuerza a la azucena y le dijo: ‘Estamos bajo el río, y pronto llegaremos a la meta.’ No pasó mucho tiempo hasta que creyeron detenerse, pero se engañaban: el templo ascendía.
En ese momento se produjo un raro estruendo por encima de sus cabezas. Tablas y vigas, en enorme confusión, comenzaron a penetrar ruidosamente por la abertura de la cúpula.
(…) Por una escalera que surgía desde adentro, apareció entonces en lo alto el noble joven; el hombre de la lámpara lo iluminaba, y otro parecía sostenerlo, otro que se asomaba con una corta vestidura blanca y que tenía en la mano un remo de plata; pronto se reconoció en él al barquero, que antes era el habitante de la choza transformada.
La bella azucena subió por las gradas exteriores que llevaban del templo al altar; pero todavía tenía que mantenerse a la distancia de su amado. La anciana, cuya mano, mientras la lámpara había estado oculta, se había achicado más y más, exclamó: ‘¿He de seguir siendo desdichada? ¿En medio de tantos milagros, no hay un milagro que pueda salvar mi mano?’. El marido le señaló la puerta abierta y dijo: ‘¡Mira, amanece, apresúrate y báñate en el río!’ -‘¡Qué consejo!’ exclamó ella, ‘me he de poner totalmente negra y he de desaparecer por completo; pues todavía no he pagado mi deuda!’ –‘¡Anda’, dijo el viejo, ‘y sígueme! Todas las deudas están ya saldadas.’
La anciana se alejó de prisa y en ese momento apareció la luz del sol que amanecía sobre la cresta de la cúpula; el viejo se puso entre el joven y la virgen y gritó con fuerza: ‘Tres son los que dominan en la tierra: la sabiduría, el esplendor y el poder.’ Al decir la primera palabra se paró el rey de oro, con la segunda el de plata, y con la tercera se había levantado lentamente el de bronce, cuando el rey hecho de mezcla de pronto se sentó torpemente.
Quien lo veía, a pesar de la solemnidad del momento, apenas podía contener la risa, pues no estaba sentado, no yacía, no se apoyaba, sino que se había desplomado sin forma alguna.
Los fuegos fatuos, que hasta ese momento se habían ocupado de él, se hicieron a un lado. Aunque se los veía pálidos a la luz matinal, parecían estar de nuevo bien alimentados y tener una buena llama; hábilmente habían sorbido las vetas de oro de la estatua colosal con sus agudas lenguas, hasta lo más íntimo de ella. (…)
El hombre de la lámpara hizo entonces que el joven bello, pero que todavía miraba fijamente delante de sí, bajara del altar y se dirigiera directamente hacia el rey de bronce. A los pies del poderoso príncipe había una espada en una vaina de bronce. El joven se la colgó. ‘La espada a la izquierda, ¡la derecha libre! Exclamó el poderoso rey. Se dirigieron después hacia el de plata, que inclinó su cetro en dirección al joven. Este lo tomó con la mano izquierda, y el rey dijo con complaciente voz: ‘¡Apacienta las ovejas!’. Cuando fueron hacia el rey de oro, él, con ademán de bendición paterna, impuso al joven sobre la cabeza la corona de roble, y habló: ‘¡Reconoce el bien supremo!’.
Mientras ocurría esto el viejo había observado detenidamente al joven. Luego de que se colgó la espada, se le levantó el pecho, se le movieron los brazos y sus pies pisaron con más firmeza; mientras tomaba con la mano el cetro pareció atenuarse la fuerza y aumentar más por medio de un inefable encanto; pero cuando la corona de roble adornó sus rizos, se le animó la expresión del rostro, le brillaron los ojos con un inefable espíritu, y la primera palabra de su boca fue ‘azucena’.
‘¡Querida azucena!’ exclamó cuando vio que ella venía subiendo por la escalera de plata, pues desde el borde superior del altar ella había estado atenta a su viaje, ‘¡querida azucena!, ¿el hombre, dotado de todo, qué otra cosa más preciosa puede desear que la inocencia y el sereno afecto que me trae tu pecho? -¿Oh!, amigo mío,’ prosiguió él mientras se dirigía al anciano y contemplaba las tres estatuas sagradas, ‘magnífico y seguro es el reino de nuestros padres; pero has olvidado la cuarta fuerza, que es anterior, más general y domina el mundo más seguramente: la fuerza del amor’. Al decir estas palabras se arrojó al cuello de la bella muchacha; ella se había quitado el velo, y sus mejillas se colorearon con el más bello, con imperecedero rubor.
El anciano dijo entonces sonriendo: ‘El amor no domina, pero forma, y esto es más.’”[6]

[5] Ibid., p. 98-100.
[6] Ibid., p. 100-104.

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