lunes, 5 de julio de 2010

LA CARTA

LA CARTA

1998 fue el año de mi retorno a Venezuela después de concluir unos estudios en arte. Fue también el año de la campaña electoral de Hugo Chavez (HCH) orquestada por Luis Miquilena. Cada domingo leía con interés la columna de José Vicente Rangel “Las Horas y los Días”, en donde el ‘Movimiento V República’ aparecía como una víctima acosada y endeble ante las fuerzas de la derecha. Ahí los ‘malos’ éran AD y COPEI. Y un tal ‘Ciceron’ era un espía militar que luchaba por el triunfo del ‘Bien’. El triunfo de HCH. Jamás un angel celestial había llegado tan bajo, en su zambullida elemental, como ese angelito metido a político llamado HCH. Esa era la imagen –falsa- que esa ignominiosa campaña electoral había creado.
Pero la sociedad toda coincidía con estos individuos en la búsqueda de un cambio, una corriente de aire que aireara el tufo malsano, la miasma estancada de AD y Copei. Partidos dirigidos por representantes de la viveza, la picardía de los países subdesarrollados para quienes ser verdaderos demócratas era como tirarle perlas a los cerdos. Por esto y muchas cosas más, al alba mismo de la victoria electoral de HCH (‘el que va a ganar’) y de sus oscuros sicarios, herederos a fin de cuentas de la más retrógrada noción de autoritarismo de izquierda bien aderezada de idealismo, le escribí una carta al vencedor. Una carta para felicitarlo y a la vez advertirle sobre el monumental compromiso que contraía con la nación. Este compromiso derivaba de la paradójica naturaleza del Pueblo de Venezuela: una despiadada lucha de contrarios. Era necesario imponer la armonía entre el instinto y el intelecto. Entre el animal y el ángel. Esa región de la Tierra llamada Venezuela era el escenario de un crimen primordial, igualito o peor que aquél del Rey Edipo. Calcado directamente de la más arcaica época Poseidónica, Troyana o Micénica. Un conflicto mítico en el que, cual caldero humeante de hechicera, se acertaban a ver en el buyente hervor los restos disgregados de cuatro pueblos. Cuatro pueblos y un mismo hombre castigado por el destino. Porque era incapaz de salir a flote en medio de las arrolladoras corrientes de la dinámica de la historia. Ese hombre roto era el resultado de una gestación inconclusa y de un parto accidentado, como aquél de Dionisios devorado por los Titanes.
Como el niño abusado y maltratado en su más tierna infancia que cuando llega a adulto se convierte en el verdugo de los ingenuos y los débiles, así el alma colectiva de esta tierra porta en sí misma el estigma de la violencia primordial que la condena al odio y al egoísmo. Pudiendo ser fértil y productiva y desarrollarse como las estrellas del Cielo cruzando el umbral del Amor y la generosidad.
Este era la esencia del mensaje que le envié a HCH. Con diferentes palabras le recalcaba la absoluta necesidad de armonizar el frágil fondo anímico-instintivo de nuestro pueblo con la árida y abstracta convención materialista de esta época. Que mejor dialéctica, que mejor armonía entre la bestia feroz y el angel que lo mejor de la pedagogía humana, lo mejor de la Moral y de la Luz, aplicado en cura de urgencia y capaz de hacer del alma del pueblo dignos émulos de Robinson, Sucre, Bolivar y Vargas. Junto con la carta iba incluida una genuina obra del costumbrismo venezolano, un libro llamado “El Reflejo de los Remanzos Azules”.
Me pareció un buen medio para expresar un mensaje de armonía entre polos opuestos. En el contrapunteo dialéctico de sus personajes (sobre todo el Poeta, el Cura, el Maestro y el Boticario), Rafael Cabrera-Malo dibujaba un retrato chispeante de la burguesía rural de los Llanos venezolanos a principios del siglo XX.
En la carta le decía yo a HCH que tenía que buscar la armonía entre los polos opuestos que encriptaban la paradoja del alma colectiva de Venezuela. Él hizo todo lo contrario. Porque HCH no era la persona que aparentaba ser: un demócrata capaz de respetar la LIBERTAD de pensamiento, de sentimiento y de voluntad. Sólo era un demagogo ambicioso, un cáncer que sobrevive en la ausencia de oxígeno: la discordia que ataca el espíritu de la Nación. Así lo expresa el Padre Ugalde al comparar a Mandela con HCH (en Iglesia , 28-3-2010):

“Hay líderes que elevan a sus pueblos y líderes que los rebajan y llevan a callejones de destrucción sin salida.”

En conclusión, el fondo de este guignol es una batalla más entre el Amor y el Odio (Empedocles). Que nadie se engañe: sólo el hombre libre puede encontrar el intrincado y espinoso camino de ‘la Moral y la Luz’. La fuente de la dignidad del hombre. HCH ha despertado un mal que dormía conjurado. Todos los hombres 'conscientes' deben cerrar filas con el Amor y la Libertad para derrotar a otro jinete del Apocalipsis.

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